25 años después de ataques de Al Qaeda en New York con metamorfosis doctrinaria, asimetría bélica y reordenamiento del tablero global
Inicio de un nuevo escenario geoestratégico en el mundo El colapso de las Torres Gemelas, mientras un avión secuestrado por terroristas impactaba en el Pentágono y otro era derribado en pleno vuelo por los pasajeros que impidieron otra tragedia a costa de sus vidas, hace exactamente veinticinco años representó una fractura sísmica en la arquitectura internacional de seguridad, inaugurando de manera abrupta el siglo XXI. Aquel martes de horror del 11 septiembre de 2001 liquidó la ilusión del "fin de la historia" propuesto por Francis Fukuyama, y de paso clausuró la hegemonía unipolar incontestable que Washington creyó consolidar tras la caída de la Unión Soviética. Lo que en sus primeras horas se catalogó como un colosal golpe terrorista, mutó de inmediato en el detonante de una transformación multidimensional materializada en la metamorfosis del derecho de la guerra, el salto cualitativo hacia la asimetría bélica tecnificada, la reconfiguración de las rutas energéticas y el surgimiento de un pulso entre potencias, donde el audaz e inexistente relato multilateral chino, sirve de parapeto para ambiciones hegemónicas descarnadas de Pekín. A un cuarto de siglo de la tragedia, el balance estratégico demuestra que el 11-S no fue un episodio aislado, sino el punto de inflexión que redefinió los límites del poder militar, evidenció la parálisis del sistema multilateral que representaba la ONU, profundizó la fractura sociopolítica interna de la superpotencia y forzó a las naciones a librar una disputa feroz por los mismos nodos geográficos, energéticos y marítimos que han determinado el destino de los imperios a lo largo de la historia. Síntesis: La geopolítica no cambió, sino que se asentó en su más cruda realidad.