Cinematográfico escape de la gobernadora Salima Mazari del Distrito Charkint de Afganistán

Publicado: 2021-09-19   Clicks: 209

     Durante las últimas semanas, se pensaba que la exgobernadora afgana Salima Mazari era prisionera de los talibán, o lo que es peor, posiblemente asesinada por ellos. Salima de 39 años de edad, pertenece a las tribus hazara, una minoría étnica perseguida por la población mayoritaria sunita de Afganistán, debido a su fe chiita y ascendencia euroasiática.

      Era una de las tres gobernadoras de distrito en Afganistán, y al mismo tiempo líder de una milicia progubernamental. Por su probado valor en combate y destreza militar, Salima gozaba de reputación internacional como luchadora intrépida. Durante el tiempo que ejerció el cargo, fue entrevistada por medios internacionales de noticias, cuyos reporteros estaban fascinados por su coraje en defensa del distrito de Charkint ubicado a 230 millas al norte de Kabul.

        Salima Mazari había sobrevivido a varias emboscadas, y a 30 ataques armados de los yihadistas contra su distrito, pero esta vez debido al caos subsiguiente a la derrota gubernamental, se creía que estaba en una lista de víctimas de los talibán. Cuando la capital provincial, Mazar-i-Sharif, cayó ante el impetuoso avance talibán a mediados de agosto, Salima desapareció en medio de la conmoción y no volvió a aparecer en los días siguientes.

       Por esa razón, varios medios de comunicación del mundo, incluidas las revistas People e Insider, informaron que posiblemente Salima Mazari habría sido capturada por los talibán. En Twitter, simpatizantes de su causa en todo el mundo adoptaron el hashtag #FreeSalima, mediante una campaña para exigir su liberación.

        Ante la falta de noticias de su paradero, algunos de ellos empezaron a preguntar si estaba viva. A medida que empezaron a filtrarse historias de la ya conocida brutalidad y violentas represalias de los talibán como el asesinato de una oficial de policía embarazada y los disparos contra altos funcionarios de seguridad, era obvio suponer lo peor para la valiente gobernadora.

Pero en la edición electrónica del 18 de septiembre, la prestigiosa revista Time de Estados Unidos informó que gracias al testimonio de quienes coadyuvaron a su escape, Mazari está viva, que nunca fue capturada, y que después de una angustiosa fuga de Afganistán, se encuentra en un lugar seguro dentro del territorio de Estados Unidos.

El periodista afgano Zakarya junto con su colega canadiense Robyn, quienes informaban para el mundo lo que sucede en Afganistán, fueron claves en todo el proceso de salida de Salima.

Zakarya logró partir hacia París durante la evacuación, pero se mantuvo en contacto con Mazari después de que los talibán tomaron el poder el 15 de agosto, mientras Salima permanecía  escondida. La historia es dramática y digna de un guión de cine, como suelen ser los hechos relacionados con los padecimientos de las mujeres en las guerras.

La caída de Mazar-i-Sharif por segunda vez en manos de los talibán

Poblada por 32.000 habitantes, Charkint es una zona montañosa, con pequeñas aldeas en las colinas y tierras de pastoreo en la provincia de Balkh, cerca de la frontera binacional con Uzbekistán. En 2018, cuando Salima Mazari se convirtió en gobernadora, estaba decidida a brindar mejores resultados para su comunidad, pero el trabajo nunca fue fácil, ni para ella ni para sus gobernados, porque mientras Estados Unidos adelantaba negociaciones de paz en Doha con los líderes talibán, en las provincias sus guerrillas seguían desangrando el país.

Desde los primeros días en el cargo, Salima organizó el reclutamiento y el entrenamiento de las milicias locales y las fuerzas gubernamentales para luchar contra las guerrillas talibán. Cuando se intensificó el conflicto, Salima tomó un fusil y se unió a sus hombres en el frente de batalla, ganando el respeto como comandante valiente y franca. Inclusive, en 2020, negoció la rendición de más de 100 talibán.

Pero la guerra no se detuvo con esa rendición yihadista. A medida que la campaña de los talibán se intensificó durante el verano de 2020, Salima Mazari y su milicia resistieron, infligiendo gran número de bajas al enemigo. Sin embargo, cuando Mazar-i-Sharif, la cuarta ciudad más grande de Afganistán, cayó el 1 de agosto, y el 14 del mismo mes, el Ejército Nacional Afgano entregó a Balkh a los talibán, los combatientes progubernamentales se vieron forzados por las circunstancias a aceptar lo inevitable.

Para la gobernadora Salima Mazari, la capitulación gubernamental marcó tanto un final devastador para la vida como la conocía, como el comienzo no deseado de una nueva. En el recuerdo de todos los adultos de la región está vívido el recuerdo de cuando los talibán tomaron Mazar-i-Sharif, en 1998 y masacraron a 2.000 hazara, en su mayoría hombres y niños.

Por los sucesos recientes, parecía que nada había cambiado mucho después de casi veinte años de que Estados Unidos sacará a los talibán de Mazar-i-Sharif en 2003. Amnistía Internacional informó que días antes de la caída de la capital provincial, los talibán torturaron y mataron a nueve hombres hazara en la provincia de Ghazni, localizada a 90 millas al suroeste de Kabul. También se informó de que habían disparado contra 14 miembros de la etnia hazara (12 soldados rendidos en combate y 2 civiles) en la provincia de Daykundi a finales de agosto. Por esas razones, Salima Mazari creía que la muerte o el escape a cualquier precio eran sus únicas opciones.

Cómo sucedieron los hechos:

Cuando se conoció la devastadora noticia de la rendición de Balkh, Salima Mazari estaba en la oficina de Mohammad Farhad Azimi, el gobernador provincial. Sus guardias entraron corriendo en la oficina gritando que las fuerzas gubernamentales se habían rendido y que los talibán estaban entrando a Mazar-i-Sharif por los cuatro puntos cardinales.

Pánico, estrés, desingformación, temor, desazón para ella y su círculo cercano. Llamadas telefónicas deseperanzadoras de líderes de la milicia en Charkint, que operaban a 60 kilómetros al sur, en las que le advertían que las carreteras hacia su distrito estaban bloqueadas y que los talibán emboscarían a a quien pasara por allí. Salima Mazari elogió la lealtad de sus hombres y les dijo que se retiraran.

El gobernador provincial Azimi sugirió ir hacia la frontera con Uzbekistán y la ciudad de Hairatan, localizada a 75 minutos en coche de Mazar-i-Sharif, y cruzar el Puente de la Amistad Afganistán-Uzbekistán que atraviesa el río Amu para llegar a un lugar seguro.

Partieron en caravana junto con el esposo de Salima y los guardaespaldas. Varios líderes de alto perfil, incluido el ex vicepresidente y señor de la guerra, Abdul Rashid Dostum, y el ex gobernador de Balkh y comandante muyahidín Atta Mohammad Noor, se unieron al grupo en el camino. Igualmente muchos soldados militares afganos siguieron el camino del éxodo.

Cuando llegaron a Hairatan, el lado afgano del puente internacional estaba abarrotado de altos funcionarios colmados de pánico. Suplicando en vano y para sumayor desesperación, a Salima Mazari no se le permitió cruzar. Solo se permitió la entrada a Uzbekistán a Azimi, Dostum, Noor y algunos legisladores. Mazari, pero los demás fueron rechazados y abandonados a orillas del Amu.

Sabiendo que los talibán también llegarían pronto a Hairatan, Salima Mazari buscó refugio en la casa de un familiar en la ciudad. Luego se puso una burka, conocida como chadari en Afganistán, y viajó en automóvil hasta un cruce de carreteras en el desierto. De allí, otros familiares regresaron con ella a  Mazar-i-Sharif, donde permanecieron durante dos días en casas de familiares que luego los transportaron hasta Kabul.

Era un salto al vacío, pero no había más opciones. Llegar a la capital afgana y abordar un vuelo de evacuación era su única esperanza. Mazari había escuchado de otras personas que cruzaban el país que era menos probable que los talibán interrogaran a grupos más grandes de civiles en los puestos de control, especialmente si había muchas mujeres vestidas con chadari presentes. Se volvió a poner la prenda y, junto con su esposo y varios familiares, partieron en un vehículo viejo y estropeado hacia la capital del país. Jugaron el todo por el todo. Fue el 16 de agosto de 2021.

Mientras se acercaban a cada puesto de control talibán, se agarraban nerviosamente de las manos. Pero la suerte estuvo de su lado, porque nadie los reconoció.

Ya en Kabul, tuvieron que moverse continuamente de una casa a otra, para asegurarse de no ser rastreados. Mazari no estaba segura de qué hacer a continuación y en quién confiar. Era consciente que tenía un perfil demasiado alto para atreverse a ir a una embajada o al aeropuerto, por lo que recurrió a amigos que tenían conexiones con los gobiernos de Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y los Países Bajos.

Preliminares del audaz escape hacia Qatar

Una de las personas en las que Salima Mazari confió su suerte, fue al periodista Zakarya. El 20 de agosto Zakarya, quien había sido trasladado en avión a París a principios de esa semana, envió un mensaje de texto a Salima Mazari, para confirmar si estaba viva.

Por temor a cometer errores fatales, Salima Mazari no había estado respondiendo a mensajes de números desconocidos, pero reconoció los de Zakarya. Le comentó que estaba escondida y, con pocas opciones restantes, le envió la información de identidad de todos los miembros de su familia y le pidió ayuda. Inmediatamente Zakarya comunicó a Robyn: “Acabo de recibir noticias de Salima Mazari. Está en Kabul ".

Un socio de Robyn, el fotoperiodista canadiense Matt Reichel, ya había estado trabajando para ayudar a sus colegas y amigos a salir de Afganistán. Por lo tanto, Reichel estaba en contacto con todas personas que pudieran ayudarla, incluidos algunos funcionarios oficiales de Estados Unidos, quienes podrían examinar el dramático caso de la gobernadora Salima Mazari.

Una funcionaria en el Departamento de Estado, que ha sido fundamental para ayudar a a muchos afganos vulnerables, envió la información a la Fuerza de Tarea Conjunta Interagencial (JIATF) y a la oficina de la Secretaría de Estado. En pocas horas hubo respuesta positiva.

Para buena estrella, la información de Salima ya había sido proporcionada a JIATF por medio de Khadim Dai, un cineasta de origen hazara residente en Los Ángeles (California), quien preocupado por la suerte de Salima, había contactado al Departamento de Estado. El nombre de Salima era publicado en muchos canales y su causa estaba ganando impulso y apoyo. Por obvias razones, el pedido del fotoperiodista Reichel también ayudó a escalar la solicitud, a una evacuación de emergencia.

El activista británico de derechos humanos Hazara Homira Rezai, amigo de Dai residente en Londres, también compartió noticias sobre la difícil e incierta situación de Salima Mazari y pidió ayuda a su gobierno, argumentadno que “No la conocía personalmente, pero conocía su historia y quería ayudarla. Es una mujer que lucha, se esfuerza mucho por cambiar las cosas y puede ser un modelo a seguir para nuestra generación de hazaras que crece en Occidente”.

Como escapó Salima de Kabul

Salima Mazari temía que los talibán la ubicarían en cuestión de días, pero siguió el consejo de Zakarya y aunque presa de altos niveles de estrés esperó al desenlace. Sin embargo, la salida de Kabul de Salima Mazari, no se llevaría a cabo, sin pasar un susto de último minuto.

El 24 de agosto de 2021, poco después del amanecer, Mazari recibió mensajes de Signal escrito en idioma inglés, enviado desde un número afgano desconocido, mediante el que su interlocutor afirmaba ser de una célula de coordinación de rescate estadounidense.

Ansiosa y emocionada, Salima compartió la información de su familia y las coordenadas precisas de su ubicación. Siguió las instrucciones después de que el remitente le dijera que adjuntara una foto suya haciendo el signo de la paz con la mano derecha.

Pero cuando salima relató a Zakarya lo que había sucedido, él se alarmó porque, después de una breve introducción en inglés, se suponía que las instrucciones de rescate estarían en dari, un dialecto afgano del idioma persa. Con sobradas razones el periodista Zakarya, sospechaba que los agentes de inteligencia paquistaníes del poderoso ISI, podrían estar interfiriendo.

La primera decisión fue que Salima se cambiara el hiyab y se preparara para cambiar de ubicación mientras averiguaban qué hacer a continuación. Reichel decidió llamar al número telefónico de Signal. Nadie contestó, pero Robyn notó que el usuario también tenía una cuenta de WhatsApp y que la aplicación lo mostraba como si estuviera en línea.

De inmediato Reichel marcó al mismo número en WhatsApp. Esta vez, la llamada fue respondida. Al otro lado de la línea estaba un mayor del ejército del Ejército de Estados Unidos. Mientras Reichel hablaba con el oficial norteamericano, escuchó a varios estadounidenses hablando cerca de él.

Pero el oficial estaba confundido, pues no entendía por qué lo llamaba desde un número aleatorio de Canadá. Preguntó quién era Reichel. Este se identificó como periodista, contacto de Salima y le comentó que desde ese número alguien se comunicó con Salima en horas de la mañana, y que como ella dio toda su información de identificación y ubicación, él estaba muy preocupado.

Entretanto, mediante otras llamadas al Departamento de Estado se confirmó la identidad del oficial del Ejército estadounidense. El plan acordado fue sacar a Salima Mazari y su familia del refugio  para luego llevarlos en helicóptero al aeropuerto internacional Hamid Karzai. A las 7:00 p.m. esa noche, Salima Mazari recibió una llamada telefónica, diciéndole que se desplazara hasta el punto de encuentro preacordado.

Versada en la lectura de mapas en su calidad de comandante militar en la guerra, Salima localizó el punto y caminó hacia el sitio indicado acompañada por 13 miembros de su familia, algunos de ellos niños. Por su parte, tenso Zakarya esperaba noticias. A las 7:22 pm, Salima le envió un mensaje de texto indicándole que ya estaba en el aeropuerto de Kabul.

Al día siguiente, Salima Mazari y su familia abordaron un vuelo militar estadounidense con rumbo a Qatar, y ahora se encuentran en Estados Unidos esperando el reasentamiento humanitario.

Salvación personal sin evitar tragedia del pueblo afgano

Escapar de Afganistán salvó a Salima Mazari de una muerte casi segura, pero también es su peor pesadilla. Nunca hubiera querido salir huyendo de su país, por el que luchó tanto para defender la libertad, al tiempo que se siente traicionada por el gobierno de Ghani, que prometió luchar hasta el final. Su testimonio es dramático:

“En el aeropuerto de Kabul, fui testigo de la caída de una nación. Vi familias huyendo y dejando todo atrás… Que difícil ver a mi gente en esa situación. Todas las personas con las que hablé están lidiando con el peso de la tristeza sobre sus hombros”

 “He llorado mucho. He pensado en todos esos jóvenes que fueron sacrificados en los últimos 20 años por los malos manejos de la política. En el aeropuerto de Kabul, pensé mucho en las aspiraciones de una generación que se encamina hacia la destrucción. Siento un nudo en la garganta cuando recuerdo las luchas, sacrificios y muertes de mi gente y mis compañeros. Cada vez que rememoro en estas cosas, siento que estoy muriendo, pero mi lucha por la libertad y el orgullo de mi pueblo nunca terminará".

Ahora, las perspectivas para las mujeres en Afganistán son sombrías. Aunque el portavoz talibán anunció que las mujeres pueden seguir trabajando en el gobierno, la realidad es que no se les permite ocupar cargos en el gabinete ministerial, ni en otros puestos públicos de alto nivel.

El 9 de septiembre de 2021, los talibán anunciaron la formación de su nuevo gobierno, pero en esos nombramientos no incluyeron mujeres ni miembros de la etnia hazara. En la práctica, las mujeres son rechazadas de sus trabajos en todo el país, mientras que los oponentes de los talibán están dispersos y en estado de crisis organizacional.

El anterior relato resume, pero no resuelve el drama de una de las millones de víctimas del totalitarismo religioso de los islamistas sunitas-salafistas, que se quedaron en el tiempo atados a credos medievales y mentalidades violentas y sanguinarias, apegadas al atraso y el distanciamiento de la realidad contemporánea.

Argumentando el apoyo humanitario para esas víctimas, el gobierno colombiano cedió espacio para que “transitoriamente” se concentren refugiados afganos en nuestro país. Del dicho al hecho hay mucho trecho. Lo más probable es que Estados Unidos selecciona a los de mejor nivel cultural e intelectual y deja en Colombia a los afganos que no le sean útiles, así como a otros que llegarán a Colombia buscando el paso para alcanzar el sueño americano.

Por ende, es absolutamente probable que entre ellos vengan islamistas, enceguecidos contra la cultura occidental. Entonces, el problema será para Colombia.

Es parte de la realidad geopolítica de seguridad nacional, que habremos de enfrentar como consecuencia de una inexplicable decisión política de la administración Duque, contraria a los intereses nacionales.

 

Teniente coronel Luis Alberto Villamarín Pulido

Autor de 39 libros sobre estrategia, defensa nacional y geopolítica

www.luisvillamarin.com

 

 

 

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