¿Existe una nueva Guerra Fría entre Estados Unidos y Rusia, con temperatura en aumento?

Publicado: 2022-05-06   Clicks: 235

   Nuevos escenarios de la guerra fr´´ia en el siglo XXI

 

 Geopolítica de Estados Unidos

Con base en esta premisa, no es descabellado indagar, por qué Rusia y Occidente podrían intensificar tensiones, en medio de la evidente lucha mutua por el control geopolítico y geoestratégico de Ucrania

Durante las diez semanas, transcurridas desde cuando Rusia inició la invasión a Ucrania, las tensiones geopolíticas entre Rusia y los países occidentales han sido mayores, a otras que hubo a partir de la crisis de los misiles en Cuba.

En ese escenario, Joe Biden acusó a su homólogo ruso Vladimir Putin, líder de una superpotencia con armas nucleares, de llevar a cabo un “genocidio”, lo llamó “criminal de guerra” y afirmó que “no puede permanecer en el poder”.

Según Lloyd Austin, actual secretario de Defensa de Estados Unidos, su gobierno busca “debilitar a Rusia” hasta el punto de que ya no pueda amenazar a sus vecinos. Por su parte, Liz Truss, ministra de Relaciones Exteriores británica, ha atizado más al fuego denominando a la guerra en Ucrania como “nuestra guerra”.

Sin embargo, algunos líderes europeos han sido más cautelosos, pero muy claros contra la agresión rusa. Por ejemplo, después de visitar la ciudad de Bucha a principios de abril, la presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, la calificó de "atroz, increíble, e impactante.

La invasión rusa a Ucrania, ha puesto en alerta militar máxima a los gobiernos de la Unión Europea, y ha resaltado los peligros de la dependencia energética europea de Rusia. La que se presumía complacencia ante la imperialista voluntad de Putin de usar la fuerza y ​​manipular el comercio entre Europa y Rusia se ha desvanecido.

Por extensión ya no hay reticencias en Bruselas para dar la bienvenida de Ucrania a la Unión Europea. En paralelo, la OTAN ha desplegado miles de nuevas tropas cerca de las fronteras de Rusia, y es probable que la alianza pronto agregue a Finlandia y Suecia a sus filas.

Al mismo tiempo, el Kremlin ha cambiado la justificación de la guerra, de una “operación especial” limitada para “liberar” partes del este de Ucrania a una lucha existencial total contra la OTAN. Con base en esos giros dialécticos, muy calculados por cierto, Putin acusa a Estados Unidos y a otros países, de la pretensión de “destruir a Rusia desde dentro”, razón por la cual, en repetidas ocasiones, los líderes rusos han amenazado con desplegar armas nucleares contra cualquier país que se atreva a intervenir en el conflicto.

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En conjunto, todos los desarrollos de la invasión rusa a Ucrania constituyen una nueva y peligrosa realidad geopolítica y de estabilidad mundial. Ya los objetivos de guerra de Rusia no son "desnazificar y desmilitarizar" Ucrania.

Igualmente quedaron atrás los días en que Estados Unidos y los gobiernos aliados, se limitaban a ayudar a Ucrania a defender su soberanía e integridad territorial. Progresivamente, los líderes de cada lado del conflicto han cruzado líneas rojas que no se pueden desandar con facilidad.

El resultado de las innegables tensiones geopolíticas ornadas con altas dosis de la posibilidad del uso de la fuerza, se refleja en una nueva Guerra Fría entre Rusia y sus oponentes, la que promete ser menos global que la sucedida durante varias décadas del siglo XX entre Moscú Washington, pero a la vez, menos estable e impredecible.

La realidad de una nueva guerra fría entre dos potencias

Surge una interesante dicotomía, porque al mismo tiempo, la compleja lucha geopolítica entre Rusia y Estados Unidos será menos y más peligrosa que la guerra fría del siglo XX. En esencia, el conflicto será menos amenazador porque Rusia, a pesar de su arsenal nuclear y su vasta riqueza de recursos naturales, representa para Washington, una amenaza militar mucho menos poderosa que la Unión Soviética después de la Segunda Guerra Mundial.

La invasión ordenada por Putin contra Ucrania, ha dejado al descubierto importantes deficiencias militares de Moscú. Debido al fracaso de la ofensiva inicial de Rusia en Kiev y las enormes pérdidas en el campo de batalla contra las fuerzas ucranianas, ampliamente superadas en número y armas, los miles de millones de dólares que Rusia ha gastado en la modernización militar durante la última década, tal vez se desperdiciaron, fueron robados por corruptos burócratas, o quizás mucho de ambos casos.

Tampoco se puede olvidar que, a pesar de los ingresos por petróleo y gas, que la economía de Rusia, era más pequeña que la de la ciudad de Nueva York en el momento de la invasión a Ucrania.

Algo que sucedía antes de que las sanciones económicas desatadas por Estados Unidos y sus aliados, indujeran a lo que ahora esperan, para que se produzca una contracción económica del diez al 15 por ciento en 2022, depresión que limitaría la capacidad de Rusia para coaccionar a otras naciones con el peso de su poder económico.

En contraste con la economía planificada y dirigida de la era de la Unión Soviética, que en su momento aisló al país de la guerra económica, la Rusia de Putin se ha tornado dependiente del comercio y la inversión extranjeros. En pleno siglo XXI, Rusia se esfuerza por hacer los pagos de su deuda internacional.

Obviamente, Rusia también puede armar la interdependencia a su favor, como demuestra el reciente cierre de las exportaciones de gas a Bulgaria y Polonia por parte del Kremlin. Pero si bien Europa puede, y lo hará, sobrevivir a una desvinculación de Rusia, las opciones estratégicas de Moscú son mucho más limitadas.

Durante el siglo XX, el atractivo ideológico de la Unión Soviética le valió a Moscú conseguir amigos y admiradores en Cuba y Nicaragua en las Américas, Egipto y Siria en el Medio Oriente, Camboya y Vietnam en el Asia; y Etiopía y Mozambique en África.

Pero, la Rusia de hoy solo tiene clientes y dependientes. Aunque muchos Estados, incluida la mayoría de las democracias de ingresos bajos y medianos, como Brasil, India, Indonesia y México, se mantienen neutrales y continúan haciendo negocios con Rusia, solamente Bielorrusia, Eritrea, Corea del Norte y Siria han defendido en el seno de las Naciones Unidas, la invasión de Rusia.

Naturalmente, que Venezuela también habría apoyado a Rusia, si la narcodictadura de Maduro hubiera pagado sus atrasos en la ONU y hubiera tenido la oportunidad de votar.

¿Guerra fría Rusia y Estados Unidos será menos y más peligrosa que la del siglo XXI?.

No obstante la hasta ahora complicidad de China con la invasión rusa a Ucrania, en la práctica el régimen comunista chino, tiene un valor limitado como aliado de Rusia. Aunque Xi Jinping, finalizó una reunión presencial con Putin justo antes de estallar la guerra, con la promesa de que la amistad de China con Rusia “no tenía límites”, Xi sigue mucho más preocupado por el futuro de China y el suyo propio que por el de Putin. Su amplia agenda prioriza como en todos los escenarios geopolíticos los intereses propios sobre los de los aliados o los cómplices.

Aunque China comparte el deseo de Putin, para que retrocedan lo que las dos autocracias según las cuales hay claros esfuerzos de Estados Unidos y Europa para contenerlos, en la práctica, es casi probable que Xi Jing Pin condene el comportamiento ruso, excepción hecha del uso de armas químicas o nucleares de orden táctico. Lo anterior indica que por intereses geopolíticos particularizados,  existen límites para que se produzca el apoyo de China a Putin.

Sin duda China está empeñada en socavar la hegemonía estadounidense en los cinco continentes, pero el régimen de Xi Jing Pin busca a toda costa, preservar la estabilidad global. Para nadie es un secreto, que la legitimidad de Xi y del gobierno interno del Partido Comunista Chino depende del crecimiento económico continuo, y este a su vez depende de las relaciones pragmáticas con los principales socios comerciales de China, radicados en Europa, Japón y Estados Unidos.

Por lo tanto, es un reto complejo para que China se arriesgue a una confrontación armada contra la OTAN. Pero, no se puede descartar tampoco esa probabilidad.

En ese entorno de tensiones, se aplican límites similares al comercio. Aunque Pekín y Moscú son socios naturales, debido a que China necesita petróleo, gas, metales y minerales rusos, y Rusia necesita urgentemente el efectivo chino, la infraestructura necesaria para trasladar las exportaciones con destino a Europa hacia el este requerirá enormes inversiones financieras a largo plazo.

Peor si se tiene en cuenta, que en los últimos años, el crecimiento económico de China se está desacelerando, y la voluntad de Xi Jing Pin para asumir dicho costo estará condicionada a obtener condiciones comerciales muy favorables de Moscú. Para paliar un poco los temores mundiales, a pesar de la retórica sin límites de Xi, la amistad China-Rusia tiene límites políticos y económicos claros.

Infortunadamente, se podría argumentar que ahí es donde terminan las buenas noticias para Washington y sus aliados de la OTAN. En contraste con la Guerra Fría ocurrida durante gran parte del siglo XX, Estados Unidos es ahora el miembro más disfuncional y políticamente dividido del G-7. Aunque se evidencia que demócratas y republicanos están de acuerdo en que los ucranianos merecen armas y los rusos merecen sanciones, y ambos partidos están de acuerdo en que Estados Unidos debe evitar una confrontación directa con Moscú, esa unidad política interna no durará por  mucho tiempo.

Con las elecciones de mitad de período a la vista en noviembre de 2022, los republicanos apoyarán su campaña en el rápido aumento de los precios de la gasolina y la inflación récord, al mismo tiempo que describirán a Joe Biden como un líder débil e inestable que “primero perdióa Afganistán y luego a Ucrania”.

En obvia respuesta, los demócratas intentarán vincular al Partido Republicano con la evidente admiración del expresidente Donald Trump por Putin y el escepticismo hacia la OTAN. Entretanto, los europeos se preguntarán con razón, ¿cómo las próximas elecciones de mitad de periodo, podrían cambiar el enfoque de Washington tanto para Rusia como para la alianza transatlántica, particularmente si Trump es el candidato presidencial republicano para 2024.

A medida que se intensifica la nueva Guerra Fría, los líderes deben comenzar a pensar en medidas de seguridad.

Otro elemento de cruda tensión radica en el endurecimiento de la retórica de los líderes occidentales sobre la diferencia ideológica entre democracias y autocracias. Biden y algunos líderes europeos, por ejemplo, han argumentado que Rusia debería ser expulsada del G-20, que reúne a los líderes de las 20 economías más grandes del mundo.

A pesar de sindicaciones elaboradas de que el G-20 no es más que una oportunidad fotográfica geopolítica, este foro ya demostró su valor durante la crisis financiera mundial de 2008, cuando sirvió como espacio vital para reunir a países con diferentes sistemas políticos y valores ideológicos.

A medida que los mercados colapsaban, los líderes del G-20 comprendieron que podían responder al desastre económico global solo si los países no democráticos y los capitalistas de Estado como China, Rusia y Arabia Saudita tenían asientos en la mesa junto a las avanzadas democracias industrializadas de occidente.

En contraste, Biden no ve mucha necesidad de cooperación más allá de las fronteras ideológicas. En lugar de presentar el conflicto en Ucrania como un intento discreto de combatir una guerra de agresión,  lo definió como una “batalla entre la democracia y la autocracia”.

Pero a Xi Jinping no le agrada escuchar esa definición, por ende, rechazará cualquier esfuerzo para sacar a Rusia del G-20. Cuando llegue la cumbre del grupo en noviembre, Biden y los aliados deberán elegir entre compartir una mesa con autócratas como Putin y Xi, o hacer que el G-20 sea disfuncional en un momento en que las amenazas globales que exigen una acción colectiva, tales como el cambio climático, las pandemias y la propagación de tecnologías disruptivas.

Por razones obvias, la perspectiva de una ruptura en la cooperación multilateral es el mayor peligro para el orden global desde cuando ocurrió el colapso de la Unión Soviética.

Otra razón por la que esta nueva Guerra Fría resulte más peligrosa que la anterior, es la creciente probabilidad de que Rusia recurra a una guerra cibernética destructiva. Resulta innegable, que a pesar de la asimetría entre Moscú y Washington en las medidas tradicionales de poder, las armas digitales más sofisticadas de Rusia son más desestabilizadoras que los misiles nucleares que amenazaron a Estados Unidos y Europa en la década de 1980.

Las armas cibernéticas no matan personas instantáneamente, pero siguen siendo muy destructivas, porque son capaces de infligir daños graves en los sistemas financieros, las redes eléctricas y otras infraestructuras esenciales para la vida moderna.

Inclusive, es mucho más probable que los estados usen armas cibernéticas que otras armas de destrucción masiva, porque son más fáciles de construir, más fáciles de ocultar, extremadamente difíciles de defender y casi imposibles de disuadir.

Por esa razón, Washington no debería tranquilizarse porque Putin aún no ha manejado la más destructiva de estas armas. Los ciberataques efectivos tardan meses, quizás años, en planificarse, y sobre el tablero de la realidad, la guerra en Ucrania acaba de comenzar. Así como Estados Unidos y Europa respondieron a la invasión castigando económicamente a Rusia, no se descarta que Moscú puede usar sus armas cibernéticas para paralizar políticamente a Estados Unidos y Europa, apuntando a las próximas elecciones con olas de desinformación cada vez más grandes y frecuentes.

¿Dónde encontrar puntos de apoyo?

A medida que se intensifica la nueva Guerra Fría, los líderes deben diseñar medidas de seguridad, para garantizar que este conflicto no se convierta en una confrontación directa entre Rusia y la OTAN. Después de la crisis de los misiles cubanos, los líderes estadounidenses, europeos y soviéticos crearon sistemas a prueba de fallas, tales como, acuerdos de control de armas como el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF) y medidas de fomento de la confianza como el Acuerdos de cielos abiertos, para garantizar que las guerras de poder en todo el mundo no desencadeneran la Tercera Guerra Mundial.

El problema comienza en que en 2022, ya no existe un equivalente cibernético del tratado INF y por ahora parecería ser que no hay un camino para negociarlo y hacerlo cumplir. Es muy poca confianza entre el gobernante de Rusia y los gobiernos occidentales, pero además, es difícil imaginar cómo y cuánto tiempo llevaría, generar suficiente confianza para crear nuevas reglas e instituciones.

El Consejo de Seguridad de la ONU está fracturado sin posibilidad de reparación, y sin alternativas realistas a la vista.

Quizás, lo mejor que pueden hacer los líderes es continuar comunicándose con franqueza y respeto sobre las oportunidades potenciales para limitar el daño cada vez mayor que la confrontación entre Rusia y Occidente puede infligir en el mundo.

En síntesis, por ahora, la comunidad internacional se queda con una guerra que no tiene mecanismos acordados para limitar su expansión.

Pese al real fractura del Consejo de Seguridad de la ONU, ante la agresividad incesante de Rusia contra Ucrania, los líderes estadounidenses y europeos creen que pueden evitar que el conflicto se salga de control. Como no les queda otra opción, continúan imponiendo sanciones cada vez más duras, envían armas letales a Kiev, comparten inteligencia en tiempo real con el ejército de Ucrania, fomentan mayor expansión de la OTAN y hablan del futuro europeo de Ucrania.

Inclusive, hablan como si su negativa a enviar tropas de la OTAN al territorio ucraniano o imponer una zona de exclusión aérea en su espacio aéreo realmente limitaría el riesgo de represalias rusas.

Pero desde el Kremlin, Putin ve todos estos pasos como actos de guerra y para justificar su intención los convierte en propaganda de consumo interno. En la práctica, todavía hay ventajas militares, para Estados Unidos y sus aliados en la implementación de estas políticas, y talvez, Rusia aún no tiene capacidad de contraatacar con mucha fuerza, pero cuanto más dure la guerra, más difícil será para cada lado evitar que la lucha se desarrolle. escalando hacia un conflicto más amplio y con armas de destrucción masiva.

Si para Putin es imposible declarar la victoria en casa, aumentan los riesgos de una escalada.

Inclusive, si se convenciera a Putin de poner fin a la guerra cediéndole el Este de Ucrania como una victoria histórica para Rusia, habría retorno a la relativa estabilidad que existía antes del 24 de febrero.

La nueva Guerra Fría tendrá un final abierto: Rusia permanecerá indefinidamente cargado con sanciones aliadas y con pocos lazos comerciales con Europa que pudieran alentar la moderación. Entonces, es muy probable que un Putin humillado ponga a prueba la resolución de la OTAN.

Todo apunta a que en días venideros, Rusia podría atacar convoyes de armas, centros de entrenamiento y depósitos de almacenamiento aliados en Ucrania y hasta en países vecinos.

Al mismo tiempo, podría realizar ataques cibernéticos limitados contra la infraestructura civil estadounidense y europea.

También, podría intensificar sus campañas de desinformación para subvertir las próximas elecciones en los Estados Unidos y países europeos.

O podría cortar el suministro de gas a más países europeos y restringir las exportaciones de productos básicos. En medio de una creciente crisis económica, los líderes de la OTAN estarían bajo una tremenda presión para responder a estas provocaciones de la misma manera, arriesgándose a la   escalada de la guerra.

En contraste, si Putin pierde el Donbas y le resulta imposible declarar la victoria en casa, los riesgos de una escalada aumentan mucho más.

En este escenario, Moscú podría considerar usar armas químicas para cambiar el rumbo o atacar las instalaciones de la OTAN en Polonia.

Los líderes estadounidenses y europeos podrían responder con ataques directos contra los activos rusos en Ucrania o promulgar una zona de exclusión aérea.

Washington intensificaría su campaña de sanciones y, a su vez, el gas dejaría de fluir inmediatamente a Europa.

Ambas partes estarían tentadas a realizar ciberataques destructivos en la infraestructura crítica de la otra parte. Aunque todavía improbable, el uso de armas nucleares y los despliegues de tropas de la OTAN ya no serían impensables. Sin encontrar puntos de apoyo seguros para transitar en la diplomacia por un complicado campo minado, no se sabe adónde podría conducir esta nueva lógica de la guerra de sobrevivencia que se inventó Putin, y que su equipo de propaganda maneja con habilidad en su entorno interno y societal con China.

Hay una guerra fría evidente. Negarlo es estulticia y pensar que Putin cederá ante imposiciones occidentales es ingenuo. Los días por venir tienen muchos nubarrones oscuros para la paz del mundo.

Teniente coronel Luis Alberto Villamarin Pulido

Autor de 40 libros de geopolítica, estrategia y defensa nacional

www.luisvillamarin.com

 

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