¿Agencias de inteligencia de los Estados Unidos subestimaron capacidad nuclear de Corea del Norte?

Publicado: 2018-01-06   Clicks: 763

       Geopolítica internacional

     Cada día que pasa las agencias de inteligencia estadounidense, los medios de comunicación y los analistas en temas de seguridad, defensa, estrategia y geopolítica concluyen que el aislado régimen de Corea del Norte pasó de la retórica a la realidad de ser una nueva potencia nuclear.

     La C.I.A. y otros servicios de inteligencia estadounidenses habían predicho que llegaría el momento en que Corea del Norte se convertiría en potencia nuclear. Para el efecto, durante décadas, proyectaron con precisión la amplia trayectoria del programa nuclear de ese país. Pero en 2017, su incapacidad, derivada de circunstancias políticas y físicas para prever los rápidos avances nucleares de Corea del Norte, pone sobre el tapete una de las fallas de inteligencia para la seguridad nacional más importantes en la historia de Estados Unidos.

     Aunque vieron venir el punto crítico, quizás entendieron mal el momento de su concreción. Por ende, hay evidente confusión, señales mixtas y la alarma que aprovechada por los demócratas para decir al mundo que el equipo de seguridad nacional de Trump no ha respondido a la crisis nuclear.

     Es cierto. A comienzos de 2017, las agencias de inteligencia estadounidenses aseguraron que aunque Corea del Norte había logrado nuevos avances en misiles de largo alcance, aún habría más de cuatro años, para frenar o detener su desarrollo de un cohete con ojiva nuclear con capacidad para impactar alguna ciudad estadounidense, lanzado desde la península coreana.

     Según las agencias de inteligencia estadounidense a comienzos de 2016, Kim Jong-un dictador hereditario de Corea del Norte, enfrentabaa una serie de problemas, lo cual daría tiempo para explorar negociaciones o buscar contramedidas, pues las estimaciones sugerían que Corea del Norte no tendría capacidad real para atacar a los Estados Unidos continentales hasta 2020 ó 2022.

     Dicha apreciación de inteligencia estratégica se derivó del hecho que durante 2016, Kim Jong-un probó ocho misiles de rango intermedio, pero siete de ellos explotaron en la plataforma de lanzamiento o se rompieron en vuelo, situaciones a las que algunos funcionarios norcoreanos atribuyeron a programas de sabotaje estadounidense, pero esto ni fue probado por Corea del Norte ni desmentido por Washington.

     No obstante Corea del Norte había llevado a cabo cinco pruebas atómicas subterráneas. Sin embargo, la comunidad de inteligencia estadounidense estimó que aún le faltan varios años de investigación y mejorías para desarrollar una  poderosa bomba de hidrógeno. En contraste, a lo largo de 2017 las optimistas evaluaciones heredadas de las administración Obama demostraron que al parecer  estaban desenfocadas.

     Como en ese momento no se evaluó de manera adecuada la capacidad de más probable adopción de Corea del Norte, el dictador Kim sacó a luz pública una nueva tecnología de misiles de largo alcance, basada en el diseño de motor soviético con décadas de antigüedad, presumiblemente desarrollado mediante un programa paralelo, y en rápida sucesión de sorpresivas pruebas balísticas, demostró haber logrado rangos de lanzamiento de misiles, que podrían impactar en Guam, la Costa occidental y luego Washington D.C.

     En septiembre de 2017, Corea del Norte detonó la sexta bomba nuclear. Luego de las primeras dudas entre los analistas del complejo asunto, todos consensuaron que esa fue la primera prueba exitosa del régimen de Kim, con una bomba de hidrógeno, cuya fuerza explosiva es 15 veces mayor a la bomba atómica que arrasó la ciudad japonesa de Hiroshima en 1945

     El general HR McMaster, asesor de seguridad nacional de Trump, reconoció Kim intenta convertir a su país en una potencia nuclear antes de iniciar cualquier negociación o que las sanciones internacionales tomen sean mayores, lo cual impone mayor grado de urgencia, y acelerar esfuerzos para resolver el problema y evitar la impredecible guerra.

    Una de las tantas explicaciones frente a esa realidad es que solo hasta 2012, las agencias de inteligencia estadounidenses comenzaron a invertir más recursos para adquirir información sensible acerca del programa de armas de Corea del Norte, pero hicieron dos suposiciones equivocadas.

      En primer lugar, supusieron que Corea del Norte necesitaría casi el mismo tiempo requerido por otras naciones durante la Guerra Fría para resolver de manera científica el lanzamiento eficaz de los cohetes subestimando de paso, la indudable posibilidad del acceso norcoreano afín a su creciente desarrollo informático avanzado y a la experiencia extranjera.

      En segunda medida analizaron mal el enfoque que el joven y enigmático Kim Jong-un, de 33 años de edad, daría a su país a partir de cuando asumió las riendas  del régimen dinástico a fines de 2011, al priorizar el programa de armas de destrucción masiva, a diferencia de la forma en que lo concibieron su padre y su abuelo.

     Al posesionarse Trump evidenció la grave amenaza de seguridad nacional y casi de inmediato comenzó a repetir, pública y privadamente en diversos escenarios, que heredó "un desastre" en Corea del Norte porque sus predecesores no hicieron lo suficiente. Y tal vez tenga razón en eso.

      Antiguos funcionarios de la administración Obama admiten que la errónea evaluación de la comunidad de inteligencia sobre el progreso balístico nuclear de Corea del Norte sumada a la actitud internacional blandengue de la Casa Blanca entre 2009 y 2016, se reflejó en menores refuerzos de las defensas de misiles, y en que no se aplicaron a tiempo sanciones económicas y quizás tampoco se consideraron acciones encubiertas intensas contra los planes estratégicos militares de Pyongyang.

      Pero tampoco está claro que con advertencias más anticipadas, las administraciones de Obama o Trump hubieran podido retrasar el progreso militar estratégico de Corea del Norte, pues en realidad se falló fue en espiar a China y Rusia verdaderos artífices del poderoso y cada día mas desafiante despliegue bélico norcoreano.

      Con la complicidad de Pekín y Moscú, los norcoreanos han superado los planes de minimizarlos militarmente trazados por varios presidentes estadounidenses, republicanos y demócratas por parejo, mediante avances tecnológicos que pro errónea apreciación parecían ser muy amenazantes, pero que para la Casa Blanca no justificaban el riesgo de una guerra que podría matar a millones en Corea del Sur y Japón.

      Por fuerza de la costumbre y sin entrar a fondo a lo que se tejía de manera subrepticia por parte de rusos y chinos aliados con Pyongyang, se creyó en Washington que con la presencia militar reforzada frente a la costa de Corea del Norte, ataques cibernéticos, sabotaje de piezas importadas y simulacros de ejecución de bombardeos detendrían el programa nuclear de la dinastía Kim.

      A comienzos de 2018 la realidad es otra. Frente a los mayores avances nucleares norcoreanos, Trump enfrenta un grave problema pero con menos tiempo para responder, con la circunstancia agravante que la inteligencia militar estadounidense en Corea del Norte, incluso en temas fundamentales como la cantidad de armas nucleares que posea el régimen de Kim, nubla las escasas opciones que tiene Trump al respecto.

     Durante el primer año de su mandato Trump ha expresado en público que existe la posibilidad de una guerra con Corea del Norte. Inclusive, ordenó elaborar nuevos planes militares, para señalar la resolución estadounidense a un ataque a gran escala destinado a destruir las instalaciones nucleares y de misiles norcoreanos, a sabiendas que esa decisión desencadenaría un conflicto devastador más amplio en el que por razones obvias se inmiscuirían Rusia y China.

     Un ataque preventivo exitoso por parte de Estados Unidos, exige el conocimiento preciso de la ubicación de las instalaciones de fabricación, plantas nucleares y áreas de almacenamiento, sumado a la confianza de que los ataques cibernéticos y los ataques electrónicos del Pentágono paralizarían la capacidad norcoreana para tomar represalias, pero como es obvio suponer de producirse un ataque preventivo contar Norcorea, China y Rusia activarán todos sus medios técnicos y militares para ayudar al contraataque de Kim, amplificando la naturaleza y alcance de esa guerra.

      Entre tanto, el veloz progreso balístico de Corea del Norte plantea muchas preguntas válidas para cualquier agencia de inteligencia antes de lanzar una operación militar de alto nivel político estratégico, verbigracia:

      ¿Fue el supuesto esfuerzo de sabotaje estadounidense, incitó al Sr. Kim a cambiar un programa de misiles con problemas por el de una nueva generación de motores de cohetes más eficaces? ¿O ese fue su plan desde el principio? ¿Tiene el nuevo programa vulnerabilidades similares que Estados Unidos puede explotar a su favor? ¿Hasta dónde llegó el apoyo de China y Rusia para lograr esos avances tecnológicos militares en Corea del Norte? ¿Cuál será el curso de acción de estas dos potencias en caso de efectuar un ataque preventivo?

     Desde la década de 1980 cuando las agencias de inteligencia estadounidenses iniciaron a rastrear los esfuerzos de Corea del Norte para obtener armas nucleares, se repitió un patrón conductual enfatizado en prever la dirección y el cronograma general del programa, sin considerar de manera sustancial sucesivos críticos.

      La C.I.A. reconoció las ambiciones de Corea del Norte cuando los satélites espías estadounidenses detectaron por primera vez, que ese país construía un  reactor para producir plutonio, combustible esencial para las armas nucleares. Así, un departamento de la CIA se dedicó a estudiar fábricas y reactores de Corea del Norte, con el fin de determinar cuánto tiempo tardaría ese país en construir motores de cohetes avanzados con ojivas nucleares y autoabastecerse con combustibles especiales.

     Para buen suceso del ambicioso proyecto norcoreano, después del colapso de la Unión Soviética, algunos científicos de misiles que quedaron desempleados, se trasladaron a Corea del Norte y Pakistán, para vender al mejor postor sus conocimientos tecnológicos. Prueba de ello es que los misiles lanzados por Norcorea en 2017 denotan numerosos signos de procedencia soviética.  

      En 1994, cuando el mundo estuvo a punto de escenificar una reedición de la Guerra de Corea, el régimen comunista de Pyongyang suspendió su programa de armas nucleares después de un tenso enfrentamiento con Estados Unidos. En ese momento, el ex presidente Jimmy Carter negoció con Corea del Norte un acuerdo para congelar su programa nuclear a cambio de combustible y la construcción de plantas de energía nuclear, que nunca se construyeron.

      Dicho acuerdo aparentó durar seis años, pero, en la práctica, Corea del Norte buscaba en secreto un arma balística alternativa a la bomba nuclear fabricada con uranio. En ese escenario atípico como ingenuo del pacifismo propio de Carter, la comunidad de inteligencia estadounidense detectó envíos a Pyongyang de piezas para centrifugadoras usadas para enriquecer uranio embarcados en Rusia y Pakistán.

      Sin poder contradecir las pruebas, Corea del Norte reconoció que seguía inmersa en el programa nuclear y la administración Bush suspendió el estulto acuerdo. Por ende, Corea del Norte siguió adelante con su proyecto bélico, al punto que en 2018 utiliza uranio para fabricar casi todas las cabezas nucleares, que tiene listas para ensamblar en sus desafiantes cohetes.

     A comienzos del siglo XXI, el Consejo Nacional de Inteligencia estadounidense resarció acerca de la obcecada ambición político-estratégica de Corea del Norte, al predecir que en 2015 "muy probablemente" Pyongyang tendría un misil nuclear que podría alcanzar a las ciudades estadounidenses y luego con base en otros análisis alargó la proyección de esa probabilidad a 2019.

       Sin perder tiempo, por orden de George Bush el Pentágono articuló un programa de operaciones aeronavales sorpresivas para interceptar embarcaciones de diferentes banderas que transportaban material útil para el programa de armas nucleares de Corea del Norte, y aceleró los esfuerzos secretos para paralizar el programa al sabotear su cadena de suministros insertando repuestos en mal estado que impedirían el adecuado funcionamiento de esas armas.

       No obstante por la cercanía con los ataques del 11 de septiembre y las guerras de Irak y Siria, el foco principal de C.I.A. estaba en actividades secretas de contraterrorismo, por lo tanto la cobertura de satélite sobre Corea del Norte se dedicó más a menudo a coadyuvar en la seguridad de las tropas estadounidenses en Medio Oriente y Asia Central. Obviamente, este vacío que era de pleno conocimiento de la inteligencia china y rusa fue aprovechada por los dos archirrivales de la potencia norteamericana para facilitar el crecimiento del proyecto nuclear norcoreano

       Como parte de la estratagema de lavarse las manos, en 2006, una hora antes de la explosión, el gobierno de China avisó a Bush acerca de la primera prueba nuclear subterránea realizada por Corea del Norte. Un año después, el jefe del Mossad, el servicio de inteligencia de Israel, entregó en la Casa Blanca algunas fotografías que mostraban un reactor nuclear en proceso de construcción en Siria el cual que coincidía con las características técnicas del reactor Yongbyon ubicado en Corea del norte.

     Luego la C.I.A. una imagen en la que  aparecía el jefe de la producción de combustible nuclear de Corea del Norte en el sitio donde se construía el reactor  nuclear sirio.

      Para aumentar las pruebas del progreso del proyecto nuclear norcoreano desarrollado con la vista gorda de China, en 2010 Corea del Norte invitó a Siegfried S. Hecker, el ex director del Laboratorio Nacional de Los Álamos, a visitar su país. Durante el recorrido Hecker observó una enorme planta industrial para enriquecimiento de uranio construida dentro de un edificio en Yongbyon, sin ser detectada por el  satélite estadounidense

      Otra arista del problema para evitar el crecimiento nuclear norcoreano, es que resulta casi imposible reclutar científicos norcoreanos como fuentes de información, porque casi nunca se les permite salir al extranjero, sumado a que con el probable apoyo de la inteligencia china y rusa, al parecer Corea del Norte ha descifrado los patrones logarítmicos de algunos satélites espías estadounidenses.

      Otro aspecto que podría explicar la insuficiente previsión de los servicios de inteligencia y los gobiernos estadounidenses para bloquear el crecimiento nuclear de Corea del Norte, radica en que durante varios años, Pyongyang se dedicó a fabricar misiles de corto alcance que en apariencia no  serían amenazas letales para la seguridad integral de Estados Unidos, hasta cuando en 2008, dos años después del primer ensayo nuclear norcoreano la entonces secretaria de Estado Condoleezza Rice,  advirtió a la OTAN que Corea del Norte estaba a punto de dar otro salto cualitativo en su carrera nuclear, con la posesión de la tecnología para fabricar cohetes soviéticos de largo alcance, pero cuando subió Obama al poder, la gravedad de este asunto pasó a segundo plano.

      Así, cuando Kim llegó al poder en 2011, muchos miembros de la comunidad de inteligencia estadounidense dudaron de sus capacidades y empeño en el proyecto nuclear. Adujeron que Kim Jong-un era joven, inexperto y de quien su ejército desconfiaba.

      En consecuencia, durante los siguientes cuatro años y durante el segundo mandato de Obama, el programa de misiles de Corea del Norte experimentó repetidos fracasos públicos, y como si fuera un chiste provocó bromas en programas  de televisión dentro de Estados Unidos.

     El intento de la mayor humillación para el pacifismo de Obama llegó en abril de 2012,  durante el aniversario del nacimiento del extinto abuelo de Kim Jong-un, con el  lanzamiento de un satélite destinado a demostrar que Corea del Norte poseía la tecnología utilizada en un misil balístico intercontinental.

     Al espectacular acto de propaganda calculada contra el enemigo yanqui sea demócrata o republicano fueron invitados muchos periodistas extranjeros. No obstante, el cohete se averió poco después del lanzamiento y cayó en las aguas del Mar Amarillo. Naturalmente ese fracaso no detuvo a Kim Jong-un, ni a sus aliados antiestadounidenses.

     A fines de 2013, Kim había demostrado su voraz apetito por el poder,  su marcad odio antiyanqui y su deseo claro objetivo de armas nucleares.  Eliminó a sus rivales políticos internos, inclusive ordenando ejecuciones públicas con armas antiaéreas que destrozaban sus cuerpos.

      Mientras el padre y el abuelo de Kim Jong-un probaron armas de alto poder para sustentar su proyecto político, Kim convirtió el programa en la versión Proyecto Manhattan de Corea del Norte, al implementar una desaforada carrera tendiente a desarrollar la bomba atómica como lo hizo Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.

      Kim Jong-un convirtió el desarrollo de un arsenal nuclear en una de las principales prioridades del Estado norcoreano, a la par con el desarrollo económico y argumentó, que solamente con un elemento disuasivo nuclear, Corea del Norte estaría segura como para concentrarse en el crecimiento integral.

      Este raciocinio es más que un mero argumento académico. Si Trump intentara destruir el arsenal norcoreano, o si el gobierno de Corea del Norte colapsara, el desafío para las fuerzas militares estadounidenses sería neutralizar las armas norcoreanas, sin que se produzca ningún lanzamiento de misiles por orden de Pyongyang, o que una ojiva nuclear termine en manos de terroristas.

     Por otra parte, las agencias de inteligencia también se concentran en el próximo gran hito del proyecto nuclear norcoreano, cuando Pyongyang diseñe y construya una ojiva que supere el calor y la presión atmosférica, antes de llegar al objetivo.

     En síntesis, por haber subestimado a Corea del Norte, ahora La Casa Blanca enfrenta el riesgo de exagerar capacidades e intenciones y queda demostrado que la inteligencia estratégica para la seguridad nacional, la geopolítica y la estrategia de defensa van de la mano con la diplomacia internacional en cualquier Estado. Desconocer esta realidad equivale patinar sobre jabón pues se minimiza la capacidad de adversarios potenciales y actuales y se acumulan problemas que se tornan insolubles.

      Coronel Luis Alberto Villamarín Pulido

      Especialista en Estrategia, Defensa Nacional y Geopolítica

      www.luisvillamarin.com

 

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