La adrenalina de una operación militar en Colombia

Publicado: 2020-12-09   Clicks: 521

      Análisis del conflicto colombiano

      Estrictamente organizados por turnos de embarque, los soldados de contraguerrillas o combate terrestre como los llaman ahora, esperan sentados sobre las sillas plegables de lona verde y aluminio negro, o recostados sobre los equipos tipo morral de campaña, la llegada de los helicópteros, para subir a las aeronaves e iniciar otro incierto viaje hacia la gloria militar en combate, o lo que es más dramático, para abandonar la existencia terrenal.

     Los oficiales y suboficiales que los comandan, caminan diligentes frente a sus soldados. Emiten instrucciones o verifican detalles finales. En media hora o 45 minutos, podrán estar de cara con la muerte producto del fuego enemigo.

     Los helicópteros se posan en tierra, con las aspas prendidas que emiten un ruido ensordecedor, los pilotos saludan con optimismo y saludan elevando el dedo pulgar de su mano derecha. Los jóvenes y valientes soldados sonríen, suben al helicóptero, acomodan sus equipajes de guerra. El técnico de la aeronave avisa a los pilotos que todo está OK, y se inicia el viaje para un nuevo combate.

      Los rostros de los combatientes exteriorizan la incertidumbre de lo que pueda suceder al llegar a las coordenadas previstas. Ya sobre el sitio, los artilleros de las aeronaves descargan sendas ráfagas de ametralladora M-60 calibre 7.62, sobre los alrededores de los puntos de desembarque. Con la celeridad que exige la situación, los soldados arrojan sus morrales de campaña al piso y saltan sobre el terreno, corren en zigzag y avanzan buscando protección.

     Todo es impactante: el sopor de la selva tropical, el frío intenso del páramo, la arriscada topografía circundante, los inhóspitos pantanos cercanos,  los ruidos de los animales silvestres, la leve brisa cuyo sonido aguza la vista y el oído. La humedad o resequedad del piso, que favorece o dificulta la movilidad. Todo es incertidumbre, desafío y un reto de vida o muerte, experimentado en fracción de segundos.

      Cuando hay guerrilleros en el lugar se desencadena un infierno de disparos de fusiles, ametralladoras, lanza granadas y explosiones. Cuando no hay enemigo, los soldados se atrincheran a la espera de instrucciones de sus comandantes, para iniciar el registro del área y el avance coordinado sobre los objetivos previstos, para dar un golpe de mano, instalar una emboscada u ocupar posiciones de cierre y bloqueo, dentro de un esquema de maniobra largamente planeado.

     Todo esto y mucho más ocurre en pocos minutos. Si hay combate durante el desembarco y todos sobreviven, la satisfacción inunda los espíritus y la operación se inicia con “moral”, pero todo se complica, si alguno de los soldados que desembarcó es afectado por el fuego adversario o por una mina antipersona, o alguna trampa explosiva dejada a propósito por los terroristas.

     De la habilidad y el liderazgo del oficial o suboficial que comanda ese grupo, dependen la adecuación de la zona para los siguientes desembarcos del resto de las tropas, las coordinaciones para las evacuaciones de los afectados y la continuidad del concepto de maniobra esbozado en la orden de operaciones.

     Cuando el helicóptero levanta vuelo, y los soldados que quedan en tierra, ven que la aeronave se aleja, vuelven a la realidad de una guerra atroz, que carcome las entrañas de los buenos colombianos desde hace décadas.

     Dios los protege en tan arriesgada maniobra y en loas venideras, porque a nuestros soldados les asiste la razón de la lucha por la defensa de un país, en el que ni sus dirigentes políticos, ni muchos de sus habitantes, han comprendido la dimensión de tanta sangre, tanto sudor y tantas lágrimas, para garantizar la libertad, la ley y el orden institucional legítimo.

      De ahí en adelante hasta cuando termine esta operación y se cumpla el tiempo para el siempre esperado permiso de 15 días de descanso, pasarán tres cuatro o cinco meses, metidos en la agreste topografía colombiana, siguiendo rastros, coordinando movimientos tácticos, trasnochando, caminando mojados de día o de noche, emboscados a la vera de un camino, instalando puestos de escucha u observación, comiendo lentejas, arroz, enlatados y agua de panela, y claro está con el riesgo de perder su vida o sufrir daños en su integridad física.

     Su único contacto con el mundo exterior, es un radio comercial de baterías que al lado de la linterna táctica, el cepillo de dientes, la crema dental, el jabón de ropa, la carpa, la hamaca, las bolsas plásticas para proteger otro uniforme camuflado, dos o tres mudas de ropa interior, una toalla verde, un cuaderno, un libro, las municiones de reserva, las granadas y la remesa para alimentarse durante dos semanas continuas, son por lo general los implementos con que pasa largos días el contraguerrillero en el monte.

     El enfermero y el radio “chispas” llevan los implementos propios de su oficio. El operador de la pesada ametralladora M-60 porta consigo la poderosa arma, y le asiste la inmensa responsabilidad de proteger con fuego, la maniobra y el movimiento de sus compañeros, cuando hay contacto armado con el adversario.

     Es un ambiente tenso, duro, de exigencia permanente, de amenaza constante por el alto riesgo de caer en un ardid, o una maniobra enemiga. En largas horas de táctico marchar o de paciente espera en la penumbra, los soldados comentan entre si sus cuitas, sus sueños, sus planes, sus tragedias, sus amores y desamores, y todos sus problemas familiares.

      Todos se conocen con todos. Todos viven el drama o la alegría del compañero del lado. De su “lanza” de su “código” de su “contingente” del “pelao” que es “bien”.

     Se cocina y se come por turnos. Se asea el cuerpo por turnos cuando la situación táctica y de seguridad lo permiten. Se limpia el armamento a orden. Se prestan rigurosos turnos de centinelas. Se es solidario con quien se enferma y no puede ser evacuado. Es una cofradía propia de aquello que Calderón de la Barca denominó “una religión de hombres honrados”

     Y cuando hay enfrentamiento armado, estos jóvenes humildes sencillos, disciplinados, obedientes y valientes combaten como fieras, corren tras el enemigo para capturarlo, lo asedian, lo persiguen, no le dan tregua. Terminado el enfrentamiento, sus uniformes están embarrados, y muchas veces rotos.

     Pero, llenos de vitalidad y deseos de seguir en defensa de los colombianos, nuestros soldados están atentos a la nueva instrucción operacional, a que llegue un helicóptero con el apoyo para reabastecer municiones, para evacuar a los guerrilleros capturados, heridos o muertos, o para que los transporten a otro lugar a cumplir otra misión.

     No protestan, no reclaman, no se quejan. Son valientes gitanos que llevan la casa a cuestas como el caracol… y a veces… la lápida en el morral.

      Las anotaciones registradas en sus cuadernos y agendas, son sencillas pero sinceras.

     Escriben mensajes, cartas o poemas a sus novias, sus esposas o sus hijos. Sueñan…. Sueñan en una Colombia mejor… Es la vida que les tocó vivir, y la viven con intensidad.

     Estos son apenas algunos de los miles de recuerdos que nos deja la milicia, a quienes en gracia de Dios tuvimos el honor y la suerte de comandar soldados de contraguerrillas en azarosas situaciones de combate contra grupos narcoterroristas.

     Las vivimos en medio del estrés del combate, la angustia y las afugias que generan tantas presiones sicológicas, llegadas desde diferentes vertientes a quien tiene la responsabilidad de cumplir misiones siempre trascendentales, y velar por la integridad de sus soldados.

     Quien no haya vivido situaciones similares, jamás comprenderá que es ser soldado colombiano. Gloria eterna a nuestras tropas, que ayer, hoy, mañana y siempre, estarán atentas a servir con devoción, lealtad y valor absoluto, en defensa de los derechos de quienes muchas veces nos ignoran.

     Teniente coronel Luis Alberto Villamarín Pulido

      Autor de 38 libros sobre geopolítica, estrategia y defensa nacional

        www.luisvillamarin.com

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