88 años después de la agresión peruana contra Colombia

Publicado: 2020-09-25   Clicks: 76

       Cultura e historia Fundación Excelencia,Liderazgo y Transformación

      conflicto amazonicoHan sido pocas las oportunidades en que los colombianos nos hemos unido para alcanzar un objetivo común. Tan escasas, que casi se podrían contar en los dedos de la mano. Una de ellas, tal vez la más significativa sucedió hace ochenta y ocho años.

      El 1º de septiembre de 1932, a las cinco treinta de la mañana, una agrupación de civiles armados y militares peruanos asaltaron el puerto colombiano de Leticia, sobre el Trapecio Amazónico, consagrado como territorio nacional por el Tratado Lozano Salomón de 1928.

     La invasión fue encabezada por el ingeniero Oscar Ordóñez y el alférez del Ejército del Perú Juan de la Rosa, comandante de la guarnición de Chimbote quien vestía prendas civiles.

     Los agresores emplearon ametralladoras pesadas y cañones, fusiles Mauser y carabinas Winchester, que sólo podían tener procedencia castrense. Una vez perpetrado el asalto, un contingente de soldados en uniforme distribuyó centinelas en los cuatro puntos cardinales de la población.

      De manera simultánea, el puerto de Tarapacá, ubicado sobre la margen sur del río Putumayo, lugar estratégico por su ubicación próxima a la frontera con el Brasil y sus características topográficas, fue tomado por fuerzas militares peruanas y convertido en fortín atrincherado, con el fin de controlar la navegación de este importante tributario del río Amazonas.

      Como es obvio de inferir, las Fuerzas Militares fueron protagonistas de ese episodio, a raíz del cual Colombia entendió la importancia de contar con tropas profesionales. La integridad del territorio se defendió con éxito gracias al valor de nuestros soldados, a la dirección política y diplomática y al apoyo de todos los sectores de la sociedad. Hasta ese momento, no había ocurrido algo similar en algo más de un siglo de vida republicana.

       La movilización nacional

      Tras el asalto peruano a Leticia, el presidente Enrique Olaya Herrera llamó a los colombianos a la movilización nacional y obtuvo caudalosa respuesta encaminada a contribuir en la defensa y protección del patrimonio común. Tan grave ultraje a la soberanía nacional despertó el patriotismo. Las juventudes se aprestaron a servir en las filas del Ejército Nacional. En las oficinas de reclutamiento, fueron rechazados centenares de jóvenes que querían empuñar las armas de la república.

       Es digno recordar aquí el noble gesto de nuestras mujeres, quienes no escatimaron esfuerzo. En cumplimiento del llamado presidencial, las solteras donaron sus anillos de compromiso y las casadas las argollas de matrimonio. Hasta las familias más humildes que guardaban algún objeto de valor a manera de tesoro, lo entregaron por la salud de Colombia.

       Los diferentes estamentos sociales de la nación contribuyeron a reunir joyas que fueron fundidas en el Banco de la República, donde convertidas en lingotes de oro, se convirtieron en los recursos urgentes para responder a la inesperada guerra.

      Los periodistas colombianos difundieron a través de los distintos medios toda la información conocida, y conmovieron a los taciturnos espíritus para poner a todos en pie de guerra.

       Escuelas como los colegios se convirtieron prácticamente en cuarteles, pues allí se adiestraba en los asuntos castrenses animosos jóvenes. Eminentes médicos de quienes aceptaron sueldo de soldados rasos, como compensación a sus aportes humanitarios.

      Mediante la ley 12 de 1932 el gobierno nacional fue autorizado para endeudarse por $10’000.000 destinados a atender los gastos más urgentes. La agresión peruana contra Leticia fue está relacionada con el estado crítico en que se hallaba la defensa militar del país. En lo externo, reposaba en la confianza del cumplimiento de los tratados por parte de los países vecinos y, en lo interno, en el consenso de la opinión pública y el espíritu pacífico después de la sangrienta guerra de los mil días.

       Acorde con la nueva ley se impusieron gravámenes a espectáculos públicos, juegos, loterías y giros a residentes fuera del territorio nacional. A lo anterior se sumó el patriótico caudal de las contribuciones, que permitió alcanzar la suma de $10’382.183,68, incluyendo el valor de las joyas que damas, caballeros y niños aportaron a la causa, por valor en oro de $123.963,17. El sábado 22 de octubre de 1932 fue de regocijo nacional, al conocerse la noticia de que la colecta había sobrepasado los $ 10’000.000. ¡Antes de 30 días Colombia había cumplido el objetivo financiero de la primera parte de la guerra!

       El combate de Güepí

       Güepí, primera batalla de la guerra, se desarrolló durante nueve horas de lucha sin descanso, a lo largo de un sector de quince kilómetros. El caudaloso río Putumayo, describe en este trayecto de la selva dos lentas curvas de dirección opuesta, que desde los aires deben verse como una S gigantesca. En medio del río existen varias islas, la mayor de las cuales, Chavaco, podría convertirse en una hacienda de regulares proporciones.

      Antes de salir las primeras luces del alba, tropas colombianas al mando del capitán Luis Uribe Linares alcanzaron la orilla opuesta y desembarcaron, en perfecto silencio y sin que fuera advertido el movimiento. Al mando de los pelotones iban los tenientes Mario García, Deogracias Fonseca quien 25 años más tarde fue presidente de la república, Carlos Manrique y Francisco Benavides.

      A las ocho y media de la mañana los aviones de guerra colombianos surcaron los aires. Era la señal convenida para iniciar el ataque. Como se había previsto. A cuatro kilometros de distancia, estaba el fuerte peruano de Cachaya o Bolognesi.

      Tronó por primera un poderoso cañón Bofor. Su doble explosión repercutió a lo largo del frente de combate. Al mismo tiempo la escuadrilla aérea voló y descargó bombas sobre el fuerte de Güepí, objetivo principal del combate y la artillería comandada por los tenientes Luis Lombana y Francisco Márquez dispararon sobre ese mismo sector, que también era batido por la batería de ametralladoras del capitán Pedro Monroy y los tenientes Luis Gómez Jurado y Eduardo Gómez Cadena.

       La tropas de infantería avanzaron lentamente. Las ametralladoras peruanas tenían enfocados de frente a los soldados colombianos pero su tiro era demasiado corto para la distancia, y los disparos eran solo ruido, mientras que la artillería y el fuego aéreo obligaban a retroceder a la infantería peruana, debido a que sus trincheras fueron destruidas.

       El buque Cartagena y las baterías de tierra seguían batiendo sus objetivos en Güepí. De pronto las tropas de desembarco hallaron el primer núcleo de resistencia, pero las ametralladoras de cubierta cubrieron el avance colombiano.

      Una a una, fueron silenciadas tres bocas de fusil ametralladora colocadas en lo alto de los árboles por los soldados peruanos, pero la ametralladora de tierra seguía sosteniendo el combate, y saltaba de posición en posición para mejor guarecerse y para hacer más efectivo su tiro.

      El médico, Luis Carlos Cajiao, daba cautelosas vueltas alrededor de la cubierta de un buque, para presenciar el combate.

      La infantería colombiana siguió avanzando hacia Cachaya. Muchos puestos enemigos, oponían enérgica resistencia al paso de la infantería en la selva apoyada por baterías el fuego.

      A doscientos metros del fuerte Cachaya, del cual ya sólo débilmente respondían, un nido de ametralladoras.  Finalmente, los soldados colombianos ocuparon el lugar, que sólo custodiaban ya los muertos. Los soldados peruanos que sobrevivieron vivos huían en desbandada por la selva, después de arrojar al río parte de su armamento, llevando consigo lo que les fue dado, y dejando sobre el campo y en las trincheras varias piezas de artillería, una inmensa cantidad de municiones y multitud de vituallas y efectos personales.

        Soldado Juan Bautista Solarte: Heroísmo sin par

       El episodio más heroico del combate de Güepí fue la valerosa acción del soldado nariñense Juan Bautista Solarte Obando, descrita así por el historiador J. J. Granados:

       "Fue un momento supremo que más tardo en relatarlo que en cumplirse. Solarte, haciendo relucir su machete a los rayos del sol se puso en pie y se lanzó sobre la ametralladora enemiga. El artillero viendo tan cerca de un enemigo viró la pieza contra el valiente. Oímos el rugido de la ráfaga de la ametralladora y Solarte Obando cayó sobre la pieza silenciándola con su cuerpo. Caía la primera víctima en Güepí y su sacrificio libertaba de una muerte segura a centenares de nuestros soldados que pudieron desembarcar y atacar al enemigo por ese flanco hasta Güepí y completar su misión. Con el peso de la pieza ligeramente emplazada, rodó con su trípode hacia el barranco y cuando nuestros hombres, libres del fuego de esa ametralladora, pudieron saltar a la ribera peruana y continuar el avance, encontraron el cuerpo de Solarte abrazado a la ametralladora y destrozado el pecho por centenares de proyectiles."

            Reforma militar

       El conflicto con el Peru trajo mejoras a la defensa militar de Colombia, con el Ejército como matriz: la Aviación Militar y la Marina de Guerra. La primera existía en forma embrionaria. La segunda, triunfante y gloriosa en la batalla del Lago de Maracaibo en 1823, se sumió en el olvido, pese a la condición de esquina oceánica que demanda para Colombia la posesión de una Armada capaz de asegurar el pleno ejercicio de su soberanía en el mar.

      El Ejército experimentó profunda trasformación, comparable, dentro de términos diferentes a la que en 1907 produjo la reforma militar del general Rafael Reyes. Armamento moderno, desconocido en el país, técnicas de la preguerra mundial que ya se avizoraba en el horizonte, un pensamiento militar renovado, servicios administrativos y logísticos a tono con las nuevas circunstancias, marcaron el paso hacia una evolución largamente esperada.

      La Fuerza Aérea, que al término del conflicto había reforzado sus tres aviones Osprey con una verdadera flota aérea de 75 naves de diferentes especialidades, podía considerarse entre las primeras del continente, no sólo por su modernidad sino por la calidad y eficiencia de sus pilotos, demostradas a lo largo de las operaciones de combate en el Teatro Amazónico. En pocos años fue desprendida del Ejército que nutrió sus primeros años, se convirtió en Fuerza separada siguiendo el ejemplo de las potencias que así lo hicieron en la Segunda Guerra Mundial.

      La Armada resurgió del olvido. Primero con buques adquiridos bajo la presión de los acontecimientos. No eran los más indicados para enfrentar al Perú. Sin embargo, con ellos se respondió al desafío, que tres cañoneros fluviales afrontaron solos al comienzo junto con un guardacostas anticuado.

      Los buques Cartagena, Santa Marta, Barranquilla y Pichincha, solitarios durante las primeras horas de confrontación, se reforzaron con Boyacá, Córdova, Nariño, Bogotá, Mariscal Sucre, para grabarse con letras de oro en la memoria militar de la nación.

Reciba gratis noticias, articulos y entrevistas

* indicates required

Maintained and Created by: { lv10 }

LuisVillamarin.com, 2015©