Mientras un soldado queda lisiado por acción del Eln, millones de jóvenes ignoran su sacrificio

Publicado: 2021-03-17   Clicks: 373

      Análisis del conflicto armado en Colombia

      Una patrulla militar avanza por la intrincada geografía del nororiente antioqueño. Son las cinco de la tarde. El murmullo de aves e insectos del lugar, inunda el ambiente de las montañas circundantes. El soldado puntero de la unidad de combate terrestre otea el horizonte, sigiloso busca protección detrás de un tronco caído. Aguza la vista y el oído. Su instinto le indica que hay algún peligro.

      Durante el recorrido de los últimos días, los soldados han observado extensos cultivos de coca. Saben que están en territorio controlado por el cartel del Eln. También saben que desde la espesura del monte, un francotirador enemigo puede disparar y asesinar a algunos de ellos. O que si cometen algún error, pueden pisar o activar alguna de las tantas minas antipersona, o artefactos explosivos de fabricación casera, que usualmente instalan los terroristas, en los cultivos de coca y zonas circundantes.

       El teniente comandante de la patrulla, ordena que todos los soldados se despojen de la “casa a cuestas” que a diario cargan en sus hombros y espaldas; observa con detenimiento el terreno circundante, evalúa la situación y ordena a un suboficial que haga un registro en dirección este-oeste, desde del sitio donde se encuentran en ese momento.

      El suboficial avanza con 9 soldados en dispositivo táctico hacia la parte boscosa de la montaña, donde se presume hay terroristas escondidos. Entre los soldados va un rastreador acompañado por un perro entrenado para detectar explosivos. En apariencia, no observan nada anormal. Treinta y cinco minutos mas tarde y después de haber explorado el terreno, el suboficial dispone el regreso del grupo de reconocimiento táctico. Ya las primeras sombras de la noche van oscureciendo la manigua, mientras el ruido de aves y zancudos se torna intenso.

      El sopor de la selva asedia. Los zancudos hacen festín sobre las carnes de los soldados. Todos saben que deben evitar que los insectos los piquen, porque hay riegos de paludismo y leishmaniasis, coloquialmente conocida como “la picadura de pito”. La toalla verde “minguerra” es la infaltable compañera para secar el sudor de la cara y del cuello, y también, para espantar a los bichos.

      Cuando los soldados iniciaban el regreso, se escucha un sonido atronador, seguido por una humareda en forma de espiral complementada por ráfagas de fusiles y el estallido de granadas. Involuntariamente, el soldado guía del canino y el noble animal, activaron una trampa explosiva instalada con una cuerda de nylon. El soldado prácticamente quedó sin piernas. A su lado el moribundo y leal can exhala los últimos gemidos. En ese momento terminaron cinco años de solidaridad operacional entre el soldado y su noble acompañante.

     Un charco de sangre a su alrededor indica la gravedad del asunto. Desesperado el suboficial encargado del registro de la zona, se aproxima en “arrastre bajo” hasta donde está el compañero herido. Lo acompaña un soldado. Con jirones de sus toallas le aplican torniquetes. El radio-operador comunica lo sucedido al teniente. Ya la prematura noche cubre con un manto de oscuridad la región.

     Luego de dos horas de cuidadosa aproximación hasta el lugar de la explosión, llega el enfermero de combate. El soldado herido ha perdido mucha sangre y es humanamente imposible evacuar al herido en helicóptero. Tampoco hay forma de evacuarlo en camillas. La vida de este joven colombiano pende de un hilo. Y de los primeros auxilios que reciba en un sitio tan inhóspito.

     El enfermero de combate, un soldado curtido en decenas de situaciones de crisis, aplica los limitados medicamentos que para casos similares lleva consigo. Es la dura realidad de una guerra infame que muchos colombianos ignoran.

     La noche es agitada para esta patrulla. Deben preparar un helipuerto derribando árboles y con el ojo avizor, pues por la rapidez con que sucedieron los hechos, no saben si cayeron en una trampa explosiva dejada desde tiempo atrás, o si los tiradores emboscados por el Eln ya se fueron. O si por el contrario, esperan la luz del día para volverlos a atacar.

     Todos pasan la noche en vela. Cualquier ruido de la manigua es motivo de alerta. No han probado comida desde el almuerzo del día anterior. El soldado herido ha pedido varias veces que no lo dejen morir. Que llamen el helicóptero pronto. Que si muere, saluden a su señora madre y le digan que cayó como un valiente. Poco a poco va perdiendo el sentido. Duerme con sobresaltos. Todo es incertidumbre.

      A las 6 de la mañana el sol despunta en el oriente. Un helicóptero enviado desde Medellín sobrevuela el área. Pronto desciende la aeronave. Trae un médico y un paramédico. Embarcan al herido. El piloto levanta vuelo. Desde la manigua un francotirador dispara su fusil e impacta al helicóptero, pero la nave sigue su vuelo.

      Durante el recorrido el ajetreo es impresionante. La preocupación por los signos vitales del solado herido presiona sicológicamente al médico. Sabe que debe hacer hasta lo imposible por salvar a este héroe de Colombia, pero también sabe que cuando se recupere será un lisiado carente de piernas.

      Por fin llegan al aeropuerto de Rionegro. Un avión ambulancia traslada al herido a Bogotá. Dos horas mas tarde, el joven soldado está en la sala de cirugía del Hospital Militar de la capital.

       Luego de un mes de intervenciones quirúrgicas, transfusiones de sangre, cuidados intensivos, el soldado sobrevive.

      Su humilde madre, una campesina quien no sabe cómo movilizarse en Bogotá, es acompañada por una suboficial… La humilde mujer ya no tiene lágrimas de las tantas que ha vertido, desde cuando se enteró de que su hijo perdió las piernas en medio de la manigua.

      Es viernes en la noche. Unas cuadras al occidente, en la parte baja del Hospital Militar, en plena la carrera séptima, hay bares, tabernas, discotecas, y sitios de reunión, llenos de jóvenes estudiantes universitarios. Algunos se divierten sanamente.  Otros consumen narcóticos.

     Otros hablan de política y celebran la participación en las “marchas de la protesta social” en apoyo de un terrorista, de quien desconocen que hace tres o cuatro décadas también colocaba trampas explosivas y asesinaba colombianos, cuando el M-19 imponía la ley del terror en algunos lugares de Colombia.

      Entretanto en la manigua, en Putumayo, Catatumbo, Arauca, Cauca, Guaviare, Tolima, Casanare u otro recóndito lugar, habrá caído otro soldado… Herido o muerto.

       Es la guerra olvidada, que nunca han conocido millones de colombianos, especialmente los jóvenes, quienes en contraste son locuaces y hasta irresponsables al conceptuar a su Ejército. A la fuerza armada legítima que les permite esas libertades de viernes por la noche, que les garantiza que puedan estudiar y que Colombia no esté en el camino de la desgracia que asedia a Venezuela, cuyo régimen es defendido y exaltado por el cabecilla que ahora es el “doctor y pulcro jefe del cambio”

 

     Teniente coronel Luis Alberto Villamarín Pulido

     Autor de 38 libros de estrategia, geopolítica y defensa nacional     w

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