Geopolítica de Estados Unidos y Canadá

Sismógrafo de urnas estadounidenses y radiografía del traspié de Trump avizoran convulsos horizontes de la geopolítica global

Por Luis Alberto Villamarin Pulido
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Sismógrafo de urnas estadounidenses y radiografía del traspié de Trump avizoran convulsos horizontes de la geopolítica global
Sismógrafo de urnas estadounidenses y radiografía del traspié de Trump avizoran convulsos horizontes de la geopolítica global

Plebiscito a flor de piel contra el personaje que devoró la política institucional.

Rara vez las elecciones de medio término en Estados Unidos configuran un simple examen administrativo del partido en el poder. Sin duda, el proceso electoral reciente superó cualquier precedente histórico al convertirse en rotundo, visceral y polarizado referéndum sobre una sola persona: Donald Trump.

En estos polarizados comicios no se dirimió el idealizado debate entre plataformas programáticas del Partido Republicano y del Partido Demócrata. Tampoco se votó por ideologías partidistas depuradas o por complejos entramados legislativos. El electorado estadounidense acudió a las urnas impulsado por una disyuntiva implacable: votar a favor o en contra de Donald Trump.

El controversial mandatario perdió el pulso, medido en escaños mediante orquestado el rechazo popular expresado en las urnas. Las razones de este descalabro político asi lo nieguen de dientes para afuera los republicanos, no radican primordialmente en el acierto o el error técnico de sus políticas económicas o sociales.

De hecho, muchas de las medidas adoptadas por su administración contenían elementos de pragmatismo económico y de seguridad que en circunstancias normales habrían generado consensos. El inocultable detonante de la derrota fue el talante, la actitud, el procedimiento conductual y la forma de gestionar el poder del presidente.

Su aproximación a los grandes temas nacionales e internacionales ha estado marcada sistemáticamente por displicencia ostentosa, autosuficiencia desmedida y registro comunicacional que asume Trump, según el cual el mundo entero —tanto amigos como adversarios— deben comportarse como subalternos dependientes de sus caprichos.

Cada intervención pública, cada mensaje en redes y cada directriz diplomática pareció diseñada no para convencer persuasivamente, sino para avasallar impositivamente.

Los votantes, cansados de la confrontación perpetua y de la crispación cotidiana, utilizaron la boleta electoral como una válvula de escape, para desde su óptica o los credos que la publicidad les imponía, frenar un estilo de liderazgo que, a su parecer, confunde la firmeza con la prepotencia y la gobernanza con el vasallaje institucional.

Diplomacia del choque con costos colaterales son lecciones que flotan sobre el tablero global: la

De la tormenta política desatada en este proceso electoral emergen profundas lecciones que flotan impositivamente sobre el tablero geopolítico internacional, evidenciando que el ejercicio del poder en la superpotencia global, no puede sostenerse con base en la humillación sistemática de los aliados, ni sobre la simplificación facilista de los conflictos complejos.

El error en el trato con los aliados tradicionales

Donald Trump tiene razón en un postulado fundamental: Europa no puede continuar tercerizando su defensa y su seguridad a costa del contribuyente estadounidense. El Viejo Continente debe financiar de manera robusta y adecuada su propio aparato militar. El diagnóstico es correcto, pero la metodología empleada para comunicarlo e imponerlo resultó catastrófica.

Al pasar del terreno estratégico y de la gobernanza institucional al choque personal y a la descalificación pública, se destruyeron los puentes de confianza mutua. Esto no genera socios más responsables, sino aliados resentidos que buscan alternativas de autonomía o que caen en la tentación del apaciguamiento frente a potencias rivales., e inclusive al desquite. Mezquino si fuera necesario, frente a quien los humilló por tener mas poder

Espejismo de las intervenciones tardías y el caso de Irán

Asimismo, la postura de que era indispensable actuar con firmeza frente al régimen de Irán contenía un núcleo de validez geopolítica incuestionable. El problema no fue la necesidad de la acción, sino el tiempo y las formas.

Estados Unidos actuó tarde y de manera errática, permitiendo que las responsabilidades históricas acumuladas durante décadas por sucesivas administraciones recayeran sobre la coyuntura actual de la Casa Blanca.

La forma impulsiva de gestionar esta crisis terminó por volverse en contra de Washington, convirtiendo una legítima preocupación de seguridad en un fiasco diplomático del que ahora culpan exclusivamente a la torpeza táctica del mandatario, como si los dos partidos por parejo con sus anteriores inquilinos de la Casa Blanca, no fueran igualmente responsables del fiasco por haber dejado  crecer el problema, que además queda vigente y no se soluciona con una ruidosa victoria electoral de medio término.

La lectura interesada de actores que van desde Pekín hasta Jerusalén

Mientras tanto, los actores globales juegan sus propias cartas con fría precisión. En China, la dirigencia del Partido Comunista recibió con alborozo los resultados y las tensiones internas estadounidenses. Pekín maneja una visión estratégica de muy largo plazo y comprende perfectamente que, sin importar si gobiernan demócratas o republicanos, la confrontación comercial y tecnológica continuará; pero claro, el desgaste institucional de Estados Unidos otorga a China ventajas invaluables en su carrera por la hegemonía global.

Por otro lado, para el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, este escenario representa una oportunidad táctica compleja. Ante un mandatario estadounidense debilitado en el Congreso y acorralado por la pérdida de control legislativo, existe el riesgo latente de que Trump recurra a su mentalidad impositiva para desatar una tormenta de fuego en Oriente Medio —específicamente en el frente iraní— buscando un golpe de efecto que disimule sus debilidades internas, sin que el problema estructural de fondo quede resuelto de manera duradera.

Conclusiones geopolíticas y estratégicas para el renacer democrático de cara a 2028

Este hito electoral marca, de manera inexorable, el pistoletazo de salida para la carrera presidencial de 2028. Los partidos Republicano y Demócrata se encuentran ante el espejo de sus propias debilidades y tienen la obligación imperativa de replantear sus estrategias de Estado si desean evitar el colapso de la hegemonía democrática occidental. Las conclusiones de este análisis pueden estructurarse en pilares fundamentales que invitan a profundizar en ellas:

1. Selección de líderes con visión global: Los partidos políticos de Estados Unidos están forzados a postular candidatos a quienes verdaderamente "les quepa el mundo en la cabeza". Se acabó el tiempo para oportunistas locales o personajes mesiánicos que polarizan sin gobernar.

El próximo ocupante de la Casa Blanca —sea del partido que fuere— debe poseer la capacidad intelectual y diplomática para interactuar con el planeta reconociendo que la grandeza de su nación se mide por su capacidad para tender la mano y no por su empeño en avasallar para satisfacer un egocentrismo.

2. Estrategia integral frente a la proyección china: La contención del expansionismo chino no puede depender de arranques arancelarios aislados o de bravuconadas retóricas. Se requiere una política de Estado bipartidista, coherente y de aliento transexenal que neutralice la expansión tecnológica, comercial y militar de Pekín, la cual avanza a paso firme mientras Washington se consume en discusiones domésticas estériles y odios bipartidistas que parecen insepultos alrededor de personas no de objetivos.

3. Recomposición de alianzas históricas y el escudo hemisférico: Es urgente sanar y revitalizar la relación histórica con Europa, Japón, Corea del Sur, Australia y el Reino Unido.

Asimismo, la política estadounidense hacia América Latina requiere una revisión profunda. El denominado "escudo de las Américas" no puede seguir descansando sobre la voluntad individual de un presidente. Requiere transformarse en una estructura orgánica, formalizada y blindada dentro de los cánones y mecanismos de la Organización de los Estados Americanos (OEA).

4. La ONU referente del rescate y reconducción del multilateralismo Tanto demócratas como republicanos son responsables de haber permitido, a lo largo de ochenta años, que la Organización de las Naciones Unidas se burocratizara hasta convertirse en un monstruo inoperante que no aporta soluciones reales a la paz mundial.

 Para reparar el evidente error, la solución no puede ser la destrucción del organismo multilateral, sino de reencauzarlo mediante un esfuerzo diplomático bipartidista que le devuelva su eficacia operativa.

5. Consensos internos inaplazables en salud, inmigración y tecnología: Tras dos siglos y medio de existencia, Estados Unidos no puede seguir atrapado en el pantano dialéctico de debatir eternamente si la salud pública es un derecho o un privilegio partidista.

Del mismo modo, en materia migratoria se requiere un equilibrio sensato. Depurar con firmeza las amenazas a la seguridad nacional y evitar la infiltración de elementos nocivos, sin caer en el absurdo de cerrar las fronteras a todo el mundo o politizar la inversión en ciencia y tecnología.

Las universidades estadounidenses son el motor supremo de la nación y deben ser blindadas frente a la ideologización polarizadora mediante acuerdos nacionales sólidos.

Reflexiones finales para el liderazgo global

Lo ocurrido en estas elecciones no es un accidente pasajero, sino una potentísima lección para los dirigentes políticos tanto del primer como del tercer mundo. Si la dirigencia política gobernante a nivel internacional, no asimila que la polarización escabrosa y el desprecio por las instituciones conducen inexorablemente al despeñadero, la problemática global continuará agravándose.

Para la diplomacia de Estados Unidos, para las corporaciones tecnológicas de Silicon Valley, para los gigantes industriales de Wall Street y para los actores del sector energético mundial, este evento es el punto de partida obligado para un replanteamiento sustancial.

La defensa de la democracia y el empoderamiento pacífico de la superpotencia exigen estadistas con altura de miras. De lo contrario, el planeta entero pagará las consecuencias de una miopía política que amenaza con desestabilizar el orden internacional.

Acerca del autor: El teniente coronel Luis Alberto Villamarín Pulido es un oficial veterano del Ejército de Colombia, reconocido analista internacional de asuntos estratégicos, geopolítica y seguridad nacional. Autor de más de 40 libros sobre estos temas. Además conferencista internacional y consultor experto en defensa y liderazgo militar en los medios de comunicación en español más relevantes del mundo.

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