Ajedrez geopolítico del pánico en cálculo electoral de Donald Trump mediante eventuales operaciones militares
Tentación del poder exterior ante desgaste interno Rara vez la política exterior de Estados Unidos responde a una aséptica lógica diplomática o de seguridad nacional. A menudo, funciona como espejo amplificado de urgencias electorales del inquilino de la Casa Blanca. Cuando la presión interna asfixia, la economía cojea y el control del Congreso tiembla de cara a inminentes elecciones de medio término, el manual histórico de los presidentes ofrece como tentación recurrente aplicar la fuerza exterior para unificar a la nación y reescribir la narrativa pública para cambiar de tercio de manera fulminante. Caracterizado por la audacia de su estilo Donald Trump, desprecia corsés tradicionales de la diplomacia y con capacidad camaleónica para trasladar culpas hacia adversarios políticos y mediáticos, encarna el perfil de jugador de póker geopolítico. En este entorno la polarización política estadounidense ha alcanzado niveles tóxicos —pues por principio los demócratas critican cualquier movimiento de fuerza y los republicanos dudan por temor a perder sus escaños—, la opción de una maniobra militar externa deja de ser línea roja abstracta para convertirse en tentación táctica de supervivencia. Hay distintos escenarios sobre el tablero. Desde un ataque masivo contra Irán para neutralizar su programa nuclear, o una ofensiva quirúrgica contra los hutíes en Yemen para aliviar los precios del petróleo, hasta la jugada más audaz y simétrica de un golpe relámpago en el Caribe para deponer a la narcodictadura cubana. Son opciones que buscan réditos electorales inmediatos, con profundos riesgos de que todo colapse y las lecciones aprendidas de este ejercicio de simulación estratégica.