Para derrotar al narcoterrorismo comunista, el Ejército requiere restablecer disciplina y liderazgo
Colombia no puede ser indiferente. Para llevar a nuestras tropas a una guerra necesaria, total frontal y contundente contra el Eln, las Farc, el Clan del Golfo y los demás carteles narcoterroristas, la cúpula militar recién nombrada por De La Espriella y los oficiales que asumen el mando en los diferentes niveles en el Ejército Nacional encaran un reto ineludible: sanear la institución desde adentro y alinearse con la doctrina estratégica, táctica y operacional adecuada, acorde con las leyes vigentes.
Ninguna victoria militar será posible en el campo de batalla, si en el vértice de la pirámide fallan los dos pilares que sostienen a cualquier fuerza armada: la disciplina y el liderazgo.
Algunos hechos publicados en las últimas semanas no son incidentes aislados. Son las alarmas encendidas para un alto mando que debe rectificar de inmediato, con el fin de conducir operaciones militares transparentes y exitosas contra el narcoterrorismo comunista.
El diagnóstico es demoledor y proviene de sus propias entrañas. Las recientes declaraciones del general Ricardo Hernández Vargas expusieron una verdad incómoda pero necesaria de sacar a la luz: la falta de conciencia, la fractura y la fragmentación por intereses personales dentro de algunos sectores del generalato.
A esto se suma el golpe moral para todo el Ejército que representa la captura por parte de la Fiscalía de un coronel en servicio activo, señalado de vender información clasificada y recibir dinero del Eln y las Farc en Arauca y el Cauca, dos departamentos críticos para la seguridad multidimensional de los colombianos.
Para ir a la guerra y ganarla, no se puede tolerar que la contrainteligencia se distraiga en asuntos particulares o de ojerizas interna, lo cual permite semejante nivel de infiltración, dejando la vida del soldado en el terreno vendida al mejor postor.
Por si fuera poco, las escandalosas revelaciones de una mayor del Ejército desde Bucaramanga, desnudaron la prepotencia y el matoneo de un oficial que fungía como edecán presidencial, amparándose en su cercanía con el poder para pisotear la dignidad y los reglamentos institucionales. Todo esto ocurre mientras se observa a oficiales que, al estilo del general Pedro Sánchez de la Fuerza Aérea, que suplen su ineptitud profesional y escasa vocación patriótica, quienes se acomodan políticamente para asegurar ascensos y prebendas, enviando un mensaje letal de arribismo a toda la cadena de mando, lo cual, obviamente destruye la cohesión indispensable para el combate.
Y aunque algunos pretendan ignorarlo, la forma es fondo. En la vida militar el hábito sí hace al monje: ver altos mandos militares durante la ceremonia de posesión presidencial en Cali, que no saben marchar con gallardía como dicta en el orden cerrado de instrucción básica, o que se han dejado ganar por la obesidad es una afrenta directa a la dignidad del uniforme. El que no sabe marchar no sabe mandar; quien no domina su propio cuerpo ni refleja pulcritud difícilmente podrá exigir respeto, cortesía, puntualidad o apego a los derechos humanos en el fragor de las operaciones.
El verdadero liderazgo para comandar en el conflicto no se compra con lemas vacíos, gafas oscuras, parches en el uniforme, caras pintadas ni con las espadas de la vergüenza de administraciones pasadas. Tampoco con oficiales que sueñan con hablar inglés hablar de la estratosfera de la Doctrina damasco e irse al exterior… o ser titulados en profesiones liberales que anteponen a la de las armas.
El auténtico liderazgo militar es ejemplarizante: consiste en hacer que las cosas sucedan dentro del marco de la Constitución y la ley, inspirando y motivando a la tropa porque el comandante está al frente de ella, compartiendo el rigor y no refugiado en los privilegios ccon los que se escurre el bulto a la responsabilidad, pero luego con amiguismo se consigue lo que la propia capacidad no dio.
La disciplina que hoy exige la conducción de la fuerza no se impone con gritos, amenazas ni arrogancia, sino con la autoridad moral del ejemplo. Las escuelas de formación y los estados mayores tienen que regresar a lo básico, extirpando la complacencia y vigilando sin titubeos las conductas perversas que facilitan la corrupción y la traición interna.
Cualquier postura política o compromiso legítimo con combatir al narcoterrorismo comunista y a las mafias con toda la fuerza del Estado es bienvenida y necesaria: Esa es la misión constitucional de nuestras tropas.
Sin embargo, para que esa ofensiva sea contundente y alcance los objetivos estratégicos, los mandos actuales tienen la obligación inaplazable de hincarle el diente a la crisis interna. Con disciplina rigurosa, con contrainteligencia efectiva y con generales y de ahí hacia abajo cuadros de mando con porte, honor y liderazgo ético. Así, el Ejército Nacional estará verdaderamente preparado para ir a la guerra y prevalecer con la victoria.
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