Importantes sectores de la Iglesia católica son parte del conflicto armado en Colombia, no de la solución del problema
Publicado en junio 2007 en el periódico Acore
La iglesia católica y el conflicto armado
Los recientes y lamentables sucesos de sangre, de los que han sido víctimas algunos sacerdotes católicos, confirman que la dinámica de la guerra y la ansiada paz en Colombia, están en estado primario. Es decir, ni la guerra ha alcanzado el nivel de confrontación que induzca a la solución definitiva del conflicto, ni los esfuerzos gubernamentales, han sido suficientes para aclimatar la paz.
En medio de ese entorno socio-político, la iglesia católica ha sido actor trascendental en la evolución de los acontecimientos, debido a la influencia sicológica de los sacerdotes dentro de las comunidades. Las relaciones van desde la posición ideológica anticomunista de los obispos de la década de los cuarenta, cercanos por afinidad ideológica a las persecuciones de conservadores contra liberales, hasta la cercanía de algunos clérigos con las guerrillas marxistas, después del surgimiento de la teología de la liberación.
Durante ese periodo de más de cuatro décadas, de manera individual y colectiva los obispos y sacerdotes han aparecido terciando en los escenarios de guerra y paz. Durante el coletazo final de los odios bipartidistas, fueron muchos los párrocos que tomaron partido en la guerra fratricida, hasta el extremo que las farc iniciaron su plataforma ideológica con ardientes críticas contra el que llamaron clero retardatario.
La publicación de la controvertida obra La violencia en Colombia, en la que el párroco del municipio El Líbano Tolima, tuvo mucha incidencia, puso al descubierto la tendencia concreta de nuevas generaciones de sacerdotes mas cercanos a la realidad de las comunidades que a los deseos de sus obispos por reclutar sacerdotes y fortalecer las arcas de la organización católica.
Al tiempo que esto ocurría en Colombia, en el mundo entero sacerdotes con ideas socialistas y tendencia sociológica, generaban la doctrina de la teología de la liberación. Fruto de esta situación, Camilo Torres un pudiente sacerdote colombiano abraza la idea de la revolución armada, secundado por sacerdotes españoles cercanos a Eta y rebeldes seminaristas alemanes incrustados en las iglesias europeas.
Por otro lado, la posición ideológica de monseñor Elder Cámara, crítico abierto del Vaticano y gestor de las encíclicas más famosas de Paulo VI, incidió en la mentalidad revolucionaria y novedosa de jóvenes sacerdotes identificados con la problemática social de sus feligreses.
La muerte en combate de Domingo Laín y otros sacerdotes españoles, la aparición de monjas y sacerdotes en el eln, la acción terrorista clandestina dirigida por el sacerdote Bernardo López Arroyave creador del frente Carlos Alirio Buitrago del eln, la incursión de células guerrilleras en las comunidades eclesiales de base y de laicos difusores de la fe en el Magdalena Medio, dieron forma al nuevo eln dirigido por el cura Manuel Pérez Martínez.
Luego aparecieron algunos sacerdotes en las filas de las farc y otros sindicados de cobijar a las autodefensas ilegales o de ser informantes de la fuerza pública, a la par que algunos obispos ansiosos de protagonismo personal, terciaron en Barrancabermeja, Socorro, Bucaramanga, Cali, Apartadó, el Meta y otras regiones. Mientras el eln asesinaba a Monseñor Jaramillo en Arauca, otros frentes guerrilleros de la misma organización terrorista contactaban clandestina y permanentemente a otros obispos.
Por su parte las farc desterraron sacerdotes y comunidades evangélicas, mientras mantuvieron contactos con algunos clérigos, algunos de ellos investigados por presuntos nexos con las agrupaciones terroristas. La extraña muerte de monseñor Cancino en Cali, ante la inoperancia de la Tercera División, marcó el punto de despliegue de una nueva era de agresiones contra las comunidades católicas, iniciadas en 1964, cuando tirofijo y Jacobo Arenas asesinaron a sangre fría en el Cauca dos hermanas de la caridad.
Asi la iglesia católica en cabeza de algunos de sus mas locuaces obispos, diga lo contrario, la guerra marxista-leninista, desarrollada por medios terroristas, también afecta y de manera grave la continuidad de la iglesia católica en las comunidades menos favorecidas, por desgracia las mas sensibles a constituir caldo de cultivo para el fermento de la violencia.
Haberse inmiscuido en la liberación de secuestrados, aceptar reuniones clandestinas con jefes guerrilleros o de las autodefensas, escudados en el secreto de la confesión y la cacareada motivación humanitaria, metió de lleno la iglesia católica como un actor mas del conflicto, y no como un simple observador, ni como un testigo de fe.
La participación venidera de los llamados grupos sociales para recomponer a Colombia, además de urgente es imprescindible y demanda la participación activa de la iglesia en todos los procesos de guerra y paz. De supuestos neutrales, pasaron a ser agredidos y en mas de un caso, algunos de sus miembros, sujetos activos de la guerra.
Pero como por justos pagan pecadores, los terroristas han encontrado en los pastores a inermes objetivos militares, cuyos sacrificios significan poder para amedrentar la sociedad y destruir desde la provincia el tejido social del estado. El problema radica en que como siempre los árboles no dejan ver el bosque y las burocratizadas estructuras superiores, miran el problema como asunto académico o de presencia con réditos politiqueros, sin tener en cuenta que la agresión es contra Colombia y no contra los soldados o los desorientados campesinos.
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