Candidatura presidencial de María Fernanda Cabal para 2030, ambición prematura y quizás desatinada
Crítico panorama del Centro Democrático
A juzgar por las cambiantes dinámicas de las elecciones presidenciales en Colombia durante lo que va del siglo XXI, será mínimo el impacto venidero, en torno a las motivaciones y el escenario político que envuelve la temprana aspiración presidencial para 2030, de la exsenadora María Fernanda Cabal, ruidosamente iniciada con su reciente vinculación al llamado Partido Republicano.
Para comprender la dimensión de este fenómeno, es imperativo examinar la profunda crisis vivida desde hace más de una década por el Centro Democrático, el partido personal del expresidente Álvaro Uribe Vélez, colectividad política que vio mermada su cohesión interna, producto de la incapacidad compartida por todos sus jefes para conciliar posturas unificadas, ya que todas sus actuaciones han sido presa de la rapiña y el egocentrismo ilimitados.
Y, mucho menos con el resto de las bancadas de derecha, aunque marrulleramente dicen que son de centro, como si no fueran ni chicha ni limonada, argumentación que ni ellos mismos se creen pero que repiten a voz de cuello.
A esa realidad, se suma la falta de liderazgos políticos reales entre los cazadores de votos que a la sombra de Uribe se autoimponen como supuestos líderes de una masa amorfa anticomunista, pero carente de militancia sólida y de proyectos políticos a largo plazo.
Ninguno de estos personajes, incluida la hoy ya autoelegida y anticipada candidata presidencial María Fernanda Cabal, posee siquiera asomos de la destreza política del expresidente Álvaro Uribe Vélez. En este contexto de fragmentación, la renuncia de la dirigente al Centro Democrático no representa un hecho aislado, sino el síntoma de una fractura mayor en las aspiraciones políticas de un sector electorero que, contrario sensu a estar hastiado de la pésima administración de Gustavo Petro, oscila entre la ambición personalista y la carencia de proyectos de Estado estructurados para diseñar el futuro de la nación… Igual a como están los demás grupos que por conveniencia dicen ser bancadas de gobierno.
La crisis del uribismo y la salida anunciada del Congreso
La debilidad estructural del Centro Democrático se tornó evidente cuando el propio expresidente Uribe optó por postularse al Senado en el puesto número 25, mediante evidente esfuerzo desesperado, por arrastrar votación y asegurar un umbral mínimo de curules que la fracturada militancia ya no garantizaba de manera espontánea.
La falta de consensos con otras fuerzas políticas afines y la ausencia de figuras con la autoridad conceptual del exmandatario abrieron un vacío inocultable. En paralelo, María Fernanda Cabal tomó la determinación de abandonar el Congreso tras doce años de labor legislativa. Si bien su paso por el Capitolio se caracterizó por una férrea locuacidad y constantes elogios al liderazgo de Uribe, a la hora de los balances resulta que careció de proyectos de ley sistemáticos, enfocados en la construcción de grandes objetivos nacionales, porque el Centro Democrático ni los tiene, ni los conoce y quizás ni los entiende. Igual que las demás empresas electoreras, su único afán es conseguir votos a como de lugar en cada proceso electoral colombiano.
Convencida de poseer un caudal inalienable y enfrentada a la dirección del partido —que terminó escogiendo a Paloma Valencia—, la senadora Cabal materializó la ruptura cuyas crónicas venían anunciándose desde meses atrás, apostando por una aventura presidencial anticipada discordante con sus propias limitaciones de convocatoria frente al electorado nacional, a sabiendas de que cualquiera de las tres precandidatas que hubiera escogido el Centro Democrático en 2026, el resultado habría sido el mismo, pues desde cuando Abelardo De La Espriella anunció su candidatura, hasta el día de su elección como presidente, las intenciones de voto le fueron favorables y muy superiores a quienes decían ser de derecha.
Así las cosas, la suerte estaba echada para el cada vez más debilitado Centro Democrático, que para mayor complicación interna, puso a competir a Paloma Valencia contra De La Espriella, en un lamentable símil como enfrentar a un equipo del torneo de fútbol de la B en Colombia contra el Real Madrid y a pesar de semejante despropósito, soñar que se le gana a los merengues en el Bernabeu.
Ilusiones ideológicas del Partido Republicano y espejismo extranjero
El tránsito de la señora Cabal hacia el nuevo Partido Republicano ratifica la acumulada desconexión de los candidatos cada vez más numerosos con la realidad sociopolítica de Colombia. La pretensión de calcar modelos ajenos a la tradición institucional del país —mezclando discursos importados del trumpismo estadounidense, el estilo autocrático del salvadoreño Nayib Bukele o las fórmulas económicas del libertario argentino Javier Milei— constituye un error conceptual de proporciones mayores, que más pronto que tarde pasará factura a sus dirigentes.
Colombia no posee la infraestructura bipartidista de Estados Unidos ni resiste modelos autocráticos puros, máxime en escenarios muy diferentes comparativamente entre Salvador y nuestro país, ya que el electorado colombiano ha aprendido a cuestionar severamente a los políticos, entre otras cosas tras los excesos del desgobierno de Petro y su banda.
A lo anterior se suma que esta nueva colectividad llamada Partido Republicano carece de escuelas de formación política rigurosas. Su actual estructura y accionar a mediano plazo obedece más al propósito inmediatista de captar votos y conseguir curules en los comicios regionales venideros, además de erigir demasiado antes a la exsenadora como candidata única y ungida por dedocracia, sin surtir ningún proceso democrático interno sino autoimpuesta desde ya, reproduciendo los vicios de los madamases de partidos que desde el mismo nacimiento de la república, le han causado muchos daños a la democracia representativa nacional.
Reflexiones y enseñanzas para el futuro político de la nación
Las conclusiones que se desprenden de este escenario son categóricas para el porvenir institucional de Colombia.
1. Colombia no requiere de salvadores mesiánicos ni de candidaturas apresuradas que surgen de cálculos egolátricos y de desmedidas ambiciones personales contrarias a las propias capacidades. Casos recientes demuestran que aquellos aspirantes que inician campañas prematuras sin un sustrato doctrinario sólido terminan diluyéndose ante el desinterés de una ciudadanía cada vez más crítica.
Los nombres de estos 107 mesiánicos sin ninguna visión de Estado ni de prospectiva benéfica para Colombia, quedaron escritos en el archivo de la vergüenza politiquera en las pasadas elecciones presidenciales en nuestro país.
2. La debilidad estructural del sistema político en Colombia radica en la inexistencia de partidos políticos serios. Urge edificar colectividades fundamentadas en militancia sólida, ideología clara y estrategia de Estado a largo plazo. No en aparatos electorales al servicio de caudillos coyunturales, llenos de apetitosos deseos por manejar nóminas y presupuestos, pero sin nada tangible, medible y verificable en sus populistas propuestas, que coadyuve a transformar estratégicamente al país.
3. El discurso basado exclusivamente en la descalificación del comunismo y en la defensa abstracta de la empresa privada, no constituye un proyecto de nación suficiente. Y ante la catarata de problemas que aquejan la convulsa dinámica sociopolítica nacional, pese a ser cierto y valedero ese argumento, termina sonando como ruido de tonel vacío.
Colombia demanda estadistas con acervo superior y capacidad intelectual, estratégica, táctica y técnica para alinear al país con las transformaciones geopolíticas globales, articulando soluciones integrales para las regiones, liderando grupos humanos estructurados en militancia con doctrina y superando la improvisación politiquera que frena el desarrollo nacional.
No necesitamos personajes mesiánicos y egocéntricos sino estadistas que es lo que siempre ha escaseado en la fauna política nacional.
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