Venta de armas a Arabia Saudita ¿Es una solución inteligente a la violencia en el Medio Oriente?
El acuerdo firmado por Donald Trump y el monarca saudita para la venta inicial de 110 billones de dólares en armas de alta tecnología, con el compromiso de aumentar en la próxima década a 460 billones de dólares el monto total de la transacción, es un aspecto trascendental de la presencia geopolítica estadounidense en el Medio Oriente y el Golfo Pérsico, con importantes repercusiones en la guerra fría Irán-Arabia Saudita, la esquiva paz en la región, las guerras civiles en Yemen, Siria e Irak, el combate contra el Estado Islámico (ISIS) y Hizbolá, la independencia de los kurdos, la seguridad de Israel, y los obvios intereses de China y Rusia sobre la rica y geoestratégica yugular del petróleo. Aunque en Irán ganó las elecciones presidenciales el moderado Hassan Rouhani, el anuncio de la masiva venta de armas de alta tecnología de Estados Unidos a Arabia Saudita, es un tema que crispa los ánimos de los ayatolas cuya teocracia tiene mucha fuerza en los estamentos oficiales, las Fuerzas Militares iraníes, las publicitadas fuerzas Quds y obviamente en Hizbolá; al mismo tiempo incrementa más odios anti-yanquis en la región, incentiva a la yihad de extremistas chiitas contra objetivos occidentales y por razones obvias abre la puerta a Rusia y China para abastezcan con armas de alta tecnología las fuerzas iraníes, las milicias chiitas en Iraq, a los rebeldes hutíes en Yemen, y al régimen criminal de Bashar Al Assad en Siria. Dado su poder económico, su preeminencia religiosa adscrita a la Sharia y su capacidad de influir en los reinos del Golfo Pérsico, Arabia Saudita está incentivando a sus satélites para armarse de manera similar, bloquear a Irán e impedir su apoyo a las milicias hutíes en el por siempre complejo Yemen, donde Arabia Saudita ha cometido graves crímenes de guerra utilizando para ellos armas de fabricación estadounidense. La compra de 460 billones de dólares en armas de alta tecnología para ser entregadas en diez años ratifica la cercanía histórica de la Casa Saud con la Casa Blanca, pero no garantiza que jeques influyentes en organismos oficiales, sigan apoyando células de ISIS o Al Qaeda, ni mucho menos la diseminación de mezquitas por todo el planeta financiadas por Arabia Saudita, en las cuales hay imames extremistas que terminan radicalizando yihadistas anti-occidentales. No es de extrañar que Arabia Saudita tenga dentro de sus planes estratégicos, poseer armas nucleares construidas en sus propias plantas, habida cuenta que Irán tiene esa intención y el acuerdo de Hassan Rouhani con varios gobernantes occidentales encabezados por Barack Obama, para renunciar al proyecto nuclear, está en duda para Donald Trump, el gobierno israelí de Netanyahu y desde luego para la monarquía saudita de férrea inclinación árabe sunita y enemiga declarada de la teocracia persa chiita. Este punto es más álgido, si se tiene en cuenta que Arabia Saudita es el principal socio económico, político, religioso y estratégico de Pakistán, país cuya dirigencia política está fraccionada entre los salafistas que apoyan el terrorismo islámico de ISIS, Al Qaeda y los Talibán por medio de la poderosa agencia de inteligencia pakistaní conocida como Inter Sevice Intelligence (ISI), y los moderados que piensan en opciones y aperturas socio-políticas acorde con la evolución del mundo actual. En ese orden de ideas es muy riesgoso que parte de esas armas vayan a las Fuerzas Militares de Pakistán y terminen trianguladas para cualquiera de los tres grupos terroristas de orientación salafista: Isis, Al Qaeda y los Talibán. El grave antecedente del cobijo a Osama Bin Laden y otros cabecillas yihadistas en instalaciones militares pakistaníes, sumado a la relación de algunos jeques sauditas con las tres agrupaciones terroristas y a los imames extremistas, son problemas que deben preocupar mucho a la Casa Blanca, más allá del buen negocio para la economía norteamericana por ingentes ingresos en la próxima década con importantes aumentos de puestos de trabajo para ciudadanos estadounidenses vinculados a la industria militar. El segundo riesgo con el eventual arribo de armas estadounidenses de última generación y alta tecnología a Pakistán, es que el gobierno de Islamabad las pueda utilizar para amedrentar o agredir a su archienemigo India, con la circunstancia agravante que los dos países tienen armas atómicas, han tenido varias guerras desde 1948, están enfrascados en una disputa insoluble por la geoestratégica región de Kashimir y sus líderes se odian a muerte. .