Carta abierta a Abelardo de la Espriella: Las batallas pendientes dentro de los cuarteles
Doctor Abelardo de la Espriella,
Hoy las miradas del país se posan sobre usted. No es un secreto que su nombre resuena con fuerza arrolladora y que, para millones de colombianos, usted se perfila como el candidato más opcionado para asumir las riendas de la nación. Su promesa de posesionarse en un cuartel militar y su determinación de iniciar una ofensiva implacable contra las guerrillas, el narcotráfico y los grupos armados ilegales es, sin duda, el bálsamo de autoridad que el pueblo colombiano lleva años esperando en medio del caos.
Sin embargo, para ganar esa guerra y devolverle el rumbo a Colombia, primero debe ganar el corazón y la dignidad de quienes van a pelearla en el frente y de quienes ya la peleamos en el pasado. Ningún presidente ha podido gobernar este país en medio de su eterna conflictividad sin el apoyo irrestricto de las Fuerzas Militares y de Policía. Las reservas, los activos y nuestras familias listos para respaldarlo, pero ese apoyo exige un compromiso recíproco que ningún mandatario reciente ha querido asumir.
Antes de trazar las estrategias de combate, es imperativo entender que los soldados y policías de la patria no son robots ni peones en un tablero de ajedrez. Son seres humanos de carne y hueso que vienen de resistir una situación sumamente compleja. El gobierno de Gustavo Petro no solo les arrebató la voluntad de combatir mediante la humillación y el repliegue, sino que nos dejó en el abandono institucional absoluto, golpeando por igual a los uniformados en servicio activo y a las reservas.
El primer gran problema que usted debe intervenir con urgencia es la profunda crisis de la sanidad militar y policial, una tortura diaria que padecemos tanto el personal activo como los veteranos y nuestras familias, que cada día sumamos más adultos mayores en el desamparo. Hoy, los dispensarios de salud están en la quiebra absoluta. En pleno año 2026, no hay reactivos básicos para los exámenes de laboratorio; los uniformados, los jubilados y sus familiares se ven obligados a costearlos por fuera de su bolsillo.
Tomemos el caso de Bogotá: para seis dispensarios médicos, solo existen dos urólogos que rotan de forma milagrosa. No hay cardiólogos suficientes, los neumólogos son un mito y la gran mayoría de las patologías complejas terminan represadas en medicina familiar por falta de especialistas. Es una total falta de respeto por los llamados veteranos que años atrás sudamos, regamos sangre y vertimos muchas lágrimas en medio de la absurda violencia, para que hoy, convertidos en adultos mayores que requieren más atención, nos veamos minimizados y vilipendiados en el servicio de salud por el mismo Estado al que le entregamos lo mejor de nuestras vidas.
Buscar una cita médica se ha convertido en una agonía peor que el propio combate. El call center está desmantelado y con cada vez menos personal. El canal de WhatsApp que implementaron es una burla tecnológica: los usuarios —muchos de ellos ancianos que no dominan estas herramientas— pasan horas respondiendo un cuestionario automatizado para que, al final, el sistema les diga de forma fría que no hay agenda disponible y que vuelvan a intentar después. Mientras este sistema colapsa sin vislumbrarse ninguna solución, miles de soldados profesionales activos siguen llegando a integrar el modelo de beneficios junto a sus familias, pero los recursos disminuyen y la planta de personal médico es cada vez más raquítica. No se puede exigir heroísmo en el frente, ni lealtad en el retiro, cuando el Estado trata a sus defensores como material de desecho.
El segundo problema es una deuda histórica de dignidad y justicia que indigna a activos y reservas por igual. Por la irresponsabilidad de los gobiernos que han pasado desde la administración de César Gaviria hasta la actual, han transcurrido 34 años de un silencio cómplice. La Ley Cuarta de 1992 estableció una nivelación salarial justa, pero los únicos a los que se les incumplió de manera flagrante fue a la base de la institución: a los oficiales de grado teniente coronel hacia abajo, y a los suboficiales de Sargento Mayor hacia abajo. Esto ha pauperizado la vejez de nuestras reservas y el presente de nuestros activos.
Se requiere de manera inmediata una decisión administrativa de fondo por parte del ejecutivo. Es necesario nivelar sus salarios y pagarles hasta el último centavo de lo que se les dejó de remunerar durante décadas. Pero esto debe hacerse de oficio, rompiendo con esa maquinaria de corrupción eterna que obliga al militar o al veterano a demandar individualmente. Es inaceptable que un héroe de la patria tenga que buscar un abogado que se quede con la mayoría de su dinero, para que al final el Estado solo le reconozca tres años de retroactivo de los 15, 20 o 25 años que lleva entregándole su vida a la nación.
Doctor De la Espriella, usted tiene la oportunidad histórica de marcar la diferencia. A Colombia ya le pasó factura el estilo de gobernantes como Álvaro Uribe, quien con el modelo de la Seguridad Democrática obtuvo grandes resultados, pero cometió el grave error de creer que las fuerzas legítimas eran los peones y esclavos de su propia finca, olvidándose de ellos al momento del retiro. Los soldados no son mano de obra desechable para la gloria de un líder; son hombres y mujeres con necesidades, miedos, familias y derechos que hoy son pisoteados por el mismo Estado que ayer defendieron con el pecho abierto.
Si usted aspira a comandar las tropas hacia la victoria definitiva y contar con el respaldo político y moral de la gran fuerza de la reserva y sus familias, recuerde que la moral es el combustible del guerrero. No se puede recuperar el orden externo de una nación si las instituciones encargadas de garantizarlo, y los hombres que las sostuvieron, están destruidos y desmoralizados por dentro. Demuéstrele a las Fuerzas Militares y a sus veteranos que usted no solo quiere sus botas para marchar el día de la posesión en un cantón, sino que está dispuesto a devolverles la dignidad y la salud que la política les ha arrebatado.
Queremos que sea consecuente con su lema de «Firmes por la patria» y que esto no se convierta en un espectáculo faraónico de balleneras con luces y boato, sino en la verdadera redención de los héroes de Colombia.
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